Stayin’ Alive
Julio 16th, 2008 by purapanzaSí, lo sé. Soy plenamente consciente de que prometí que me aparecería aquí cada semana. Lamentablemente, se me atravesaron un concierto de los Magnetic Fields y otro de Radiohead, y con ellos la visita de amigos a los que nunca he dejado de echar de menos. Ojalá y hubiera fórmulas para eso, para no extrañar, para no quedarse con el corazón dando vueltas de licuadora cada vez que aquellos a quienes uno quiere tanto dicen adiós con los ojos brillantes y temblorosos. Esta vez –porque siempre busco un método distinto- opté por poner mi cara de escoba maltratada y mirar a ese cielo de Berlín que más bien parece un suelo, un suelo de madera negra astillada y percudida, y morderme la lengua y el alma para evitar la caída de una sola lágrima. No hay nada menos elegante que llorar mientras se brinda un hasta luego. Si se llora que sea por dentro. Lo otro, el berreo descarado, debiera limitarse las madres que persignan a los hijos que parten a la guerra o al extranjero, que siempre es como ir hacia una pequeña guerra, una que se pelea con otras armas.
Ayer curiosamente, y mientras meditaba en las despedidas y en las guerras y en las armas, y también en la imperdonable ausencia de Pyramid Song en el concierto de los de Oxford, recordé más bien una bienvenida: la de mi primo J. a la ciudad de México. En realidad se trató de una fiesta en extremo particular ya que él era el único invitado a un festejo que celebraba su propia llegada, festejo que tuvo una ínfima duración de cuatro minutos con cuarenta y cinco segundos exactos en los que las bocinas de su coche, un Volkswagen rojo en el que J. aprendió a manejar y sobre cuyo parabrisas dejó alguna vez estampada la nariz, retumbaron con todo el voltaje del que eran capaces. Me lo imagino perfectamente allí, en medio del Periférico y sacudiendo de un lado a otro aquella cabeza a la que todavía cubría una melena envidiable y esponjada, e incluso podría jurar que manoteaba cada platillazo y tarola sobre el volante y que no había alto en el que no quitase el pie del acelerador para emular el bombo. Luego de vivir por varios años en un lugar al que yo todavía califico de lado B de Comala y que se halla situado donde los Altos de Chiapas ya son más bien bajos o medios, J. volvía a la Ciudad de México con Stayin’ Alive de los Bee Gees sonando nada más cruzar la última caseta. De acuerdo con lo que relató después, y también ahora, pues a la fecha gusta de contar la anécdota, este pequeño momento fue una clara señal, casi un mandamiento, de que nunca, por ningún motivo debía bajar la guardia ante los temibles aires grises y secos del D.F. so peligro de acabar entre sus fauces para luego ser vomitado marchito, con cara de escoba maltratada, de despedida, de madre que olvidó persignar a su hijo antes de que éste marchase a la guerra.
Al final J., por azares de la vida, volvió a su Comala querida pero, y ello me consta, sobrevivió al D.F. como los grandes durante todo el tiempo que permaneció allí. Supongo que su historia, en sí la continua relación que ha establecido con su Chiapas y el D.F. es como la de un falsete que “se pasa y se da la vuelta”, que va de allí para acá, que sin embargo se mueve.
Para J. entonces este pedazo de humor que me recordó su pequeña y peculiar bienvenida al D.F. y sus sabios consejos para sobrevivirlo.
