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Archive for Abril, 2007

El Tom Cruz de Kreuzberg

Martes, Abril 10th, 2007

Serán pocos los que nieguen en la inevitable distorsión de la realidad de la que adolecen las mayorías de las madres. Para ellas siempre seremos jóvenes y hermosos, aunque nos hagamos panzones y las patas de pollo surquen nuestros ojos, e incluso pese a que ciertamente apenas se nos haya dado una mínima repasada en lo que a pinceladas de belleza se refiere, razón de más para que el resto de los mortales nos haya considerado toda la vida, si no estrictamente feos, tampoco capaces de rebasar los límites de la “normalidad�. Para ellas sin embargo, e insisto en el punto, siempre seremos dignos de un retrato hiperrealista o una canción compuesta meramente para exaltar las curvaturas de nuestras narices. Para la mía, por ejemplo, sé que desde hace unos años y con seguridad hasta dentro de cuarenta, mi supuesto parecido con Brad Pitt (Bad Pritt para los cuates) será para ella tan incuestionable como el hecho de que poseo dos ojos y dos piernas, y que nadie se atreva a dudar de la notabilísima semejanza de mi hermano con Andy Garcia, so riesgo de herir sus más profundos sentimientos. Pero bueno, así son las madres, la mía y la de todos. De allí, sin embargo, que me llame la atención el hecho de que dos coreanas con las que comparto clases de alemán y que nada tienen de parientes -por lo menos no que yo sepa-, me hayan insistido en que me parezco a Tom Cruise. Digo, supongo que debiera de agradecer el gesto, pero la verdad es que a partir del inesperado piropo no he podido dejar de hilar pensamientos en un intento por sacar conclusiones con relación a este tema de “los parecidos�: ¿Qué es lo que nos mueve a decir que tal o cual persona se parece a Lou Ferrigno, a Daniel Auteuil o a mi tío Guillermo?, ¿es un rasgo específico en el rostro del otro, la manera en que se mueve o habla, la forma en que gesticula?, ¿en realidad mi primo se parece a Robby Williams o yo quiero, de alguna manera, que esas líneas de expresión dibujadas en su mandíbula sean idénticas al mamoncito cantante inglés?, ¿será acaso que todos distorsionamos de alguna forma la realidad para ver lo que queremos ver, para creer, por ejemplo, que un mexicano con cabello negro y algo narigón se parece a un actor gringo que se come las placentas y se ríe todo el tiempo como un idiota? Cuando le conté la anécdota a La Nuca, quien siempre ha adolecido de meta-realismo, me contestó que las orientales necesitaban a un buen oculista lo antes posible. Quizá tenga razón, después de todo sigo pensando que el único individuo del “star system� con quien acepto que alguna vez guardé cierto parecido, y quien afortunadamente ahora integra la larga lista de telerisos desempleados, responde al nombre de Ariel López Padilla, o por lo menos es con el único con quien de plano sí me confundieron alguna vez, hace varios años, en un teibol de baja calaña, en donde una chica de poquísimos prendas de plano me cerró el paso para increparme a quemarropa: “¿Qué onda Ariel, otra vez por aquí?�.

Pero ya se sabe, de noche todos los gatos son pardos.

Ocho Días de la Semana

Martes, Abril 3rd, 2007

Una semana basta para perder y ganar –a veces simultáneamente- el sentido del humor, sobre todo si a uno le suceden cosas como:

 

  1. Ver a un coreano cantar hip-hop -¿por qué no?- en su lengua natal.
  2. Comprobar que el departamento en el que Bowie e Iggy Pop compartieron cubiertos, pan, vino, sustancias extrañas y, con altas posibilidades, también su lecho durante su estancia en Berlín durante los setenta, es ahora un piso color amarillo canario deslavado que parece importado directamente desde Tlaltelolco.
  3. Mudarse de casa por quinta vez en un año, con ayuda de amigos, claro está, porque aquí nadie paga los aproximadamente doscientos euros que costaría contar con la ayuda de fornidos muevemuebles.
  4. No contento con estar ya enganchado a Lost, empezar a ver Heroes hasta que, por supuesto, se sufra de insomnio si no se mira un capítulo más.
  5. Soñar que se posee uno de esos maravillosos conjuntos color café oscuro que usaba Steve Austin.
  6. Concluir que quizá se está pasando por una suerte de periodo depresivo, pero jamás llegar a aceptarlo.
  7. Verificar que la bicicleta que se adquirió por módicos 55 euros en un mercadillo dominguero es una auténtica mierda.
  8. Echar de menos, por razones que salen totalmente del sentido común, unas Quesabritas, pero de ésas que todavía podían comprarse en los ochenta.
  9. Sospechar que el nuevo edificio al que uno se ha mudado probablemente era un Kindergarten, pues hay un Pinocho pintado en el muro exterior.
  10. Comprobar que efectivamente dicha figura es un Pinocho aunque un tanto modificado, pues algunos amables vecinos amantes del graffiti le han pintado ojos de pacheco y un pene que envidiaría Ron Jeremy.
  11. Aceptarse, ahora que se carece de él –se espera que no por mucho tiempo, so riesgo de perder la cordura- como un auténtico adicto del Internet. Estaré aproximadamente diez días sin dicho servicio en casa y ya me siento como si me hubiera quedado sin una pierna.
  12. Saber que, como dijeran los Rolling cuando todavía eran medianamente buenos –sí, soy beatlefilo y se nota-: no se puede tener siempre lo que uno quiere… ni siquiera en esos extrañísimos días en los que un coreano desconocido rapea coplas de amor.