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Archive for Mayo, 2007

Una Balada

Miercoles, Mayo 30th, 2007

Él lee esto. Él lee esto y se aburre. Hasta que llega a la parte en que la asiática, de nombre Lin, es penetrada por detrás por un tal Jorge, a quien él imagina como el Javier Bardem de Huevos de Oro. No esta escrito, pero él sabe que aunque Jorge la embiste con el ritmo del tercer track del Mezzanine de Massive Attack, ella en realidad tararea en su mente la canción Laid, de James, una y otra vez, en especial la frase en la que Tim Booth canta casi riendo: “… but she only comes when she´s on top�. Él ni siquiera llega a la parte final en la que la pareja se corre al mismo tiempo. Deja de leer esto, lo cierra, lo coloca sobre la cama y se desplaza sigilosamente hacia el baño, luego se sitúa de frente al escusado y deja que los pantalones caigan sin prisa, que la helada hebilla bese sus talones. En la radio empotrada junto a la bañera suena quedo, como la voz de una luciérnaga, Too Much On My Mind, de los Kinks

Un Mini-Corrido

Lunes, Mayo 28th, 2007

El sábado pasado estaba tan borracho que creo que lloré. Aunque al día siguiente, cuando lo pensé, comencé a dudar si no era acaso que estaba tan triste como para sentirme borracho, embriagado de puritita pena.

A saber.

Una Ópera

Lunes, Mayo 21st, 2007

La última vez que vi a Sergio fue la misma noche en que le confesó su homosexualidad a sus padres, quienes, como suele ocurrir, fueron los últimos en enterarse –o al menos eso es lo que aparentaron-, pues su “jotismo�, que es como él le llamaba, era más que evidente para todos lo que lo rodeábamos. Y es que, independientemente a los ligeros ademanes, como de dandy inglés de principios de siglo XX montando a caballo, con que adornaba cada uno de sus actos, desde beber el café y hasta lavar los platos, Sergio cumplía con todos los clichés que suelen ligarse al mundo gay, era y es, pues, un homosexual de tópicos, de esos que en su colección musical cuentan con todos los discos de Soft Cell, Depeche Mode, ABBA, Donna Summer, Pet Shop Boys, Madonna y The Smiths, y de los que cada año conmemoran la muerte de Oscar Wilde leyendo alguno de sus cuentos sumidos en la más triste de las tristezas. Curiosamente al principio ninguno de los que éramos sus amigos lo sospechábamos, de hecho a mí me parecía brutal el póster de George Michael que por aquel entonces tapizaba una de las paredes de su cuarto, y que parecía saludar a la Audrey Hepburn con sombrero que se hallaba colgada en el muro de enfrente. Extravagantes, claro, me parecían las camisas multicolores Versace que usaba y en las que parecía invertir hasta el último peso que ganaba como chico Blockbuster, y con las que llamaba la atención de todo dios, al punto que mi padre, tan poco fijado para ciertas cosas, acabó diciéndonos a mi hermano y a mí un día: “deberían de aprender de su amigo ése que se viste con banderas, que no está de huevón como ustedes�.

Lo raro, en realidad, vino tiempo después, cuando todos, excepto él, planeábamos cualquier tipo de tretas para sumergirnos dentro de alguna falda. Era entonces, en medio de las conversaciones que manteníamos con respecto a los cabellos, los senos y las piernas de nuestras conquistas –si es que había, y si no, también-, que Sergio se mantenía distante, apartado, como si mirara una plática de fantasmas o de políticos marxistas por televisión. En realidad no pasó mucho tiempo para que sucediera lo ineludible, para que Sergio confesara su “cualidad�, el chisme se esparciera como pólvora, y de diez “amigos amigos� que decía tener se quedara solamente con tres.

La última vez que lo vi llovía y Sergio lloraba o había llorado, y el D.F. parecía la tapa de un libro viejo. Me deseó suerte, le desee suerte y nos despedimos con un abrazo. Poco tiempo después una amiga mutua me dijo que se había ido a Canadá. Nunca me escribió y nunca le escribí.

Ayer, mientras Anna Netrebko cantaba en una pantalla ubicada en la Bebelplatz creí verlo aplaudiendo y sonriendo y agitando los brazos como si la función de la Netrebko fuese únicamente para él. Hasta que la multitud se lo tragó.

El Diablo, Daniel Johnston y Yo

Domingo, Mayo 13th, 2007

Fue Federico el que me dijo, el jueves pasado, que Daniel Johnston había cambiado su vida. Me lo dijo en una tarde lluviosa y húmeda en que ni siquiera Berlín parece soportarse a sí misma. Me lo dijo además entre dientes, como no queriendo la cosa, como si al final se hubiese arrepentido un poco de decírmelo. Yo me limité a sonreírle y confesarle que a Daniel Johnson, el bucanero, sí que lo conocía, producto de un extrañísimo periodo en la niñez en que me dio por clasificar a los piratas por nivel de crueldad, por la cantidad de sangre enemiga que habían derramado sobre los montones de arena o de madera o de mar. Pero, le dije, del Johnston ése no sé nada. Federico, asombrado no sé si por mi ignorancia musical o por tener frente a sí a un freak que escondía dentro de sí a un niño incluso más freaky, puso entonces su i-pod sobre la mesa y me pasó sus audífonos. Escucha, me dijo, y luego, sonriendo, se acomodó sobre el respaldo colocando las palmas de las manos sobre la nuca y extendiendo los brazos, gozando de lo que presenciaría. No había pasado ni siquiera medio compás de la introducción cuando reconocí una de mis canciones favoritas, sólo que algo era diferente, como si un pandero se hubiese sustituido por un platillo, o como se hubiese grabado en un cuarto de baño o la punta de un barranco y no en un estudio, lo cierto es que ya desde ese instante, en que me percaté de que mi canción no era mi canción, me empecé a poner nervioso. Tranquilo, alcancé a leer en los labios de Federico, que ya viene. Y sí que vino: una voz nerviosa, como de alacrán o de sacerdote maya, un alarido agudo lanzado desde donde la vida, la muerte, la cordura, la ciencia, algo, lo que sea, termina, se proyectó en el aire con la inconcebible pesadez de un elefante volador: “I may not always love you…�. A partir de este punto, y conforme avanzaba la canción, me fui sintiendo más incómodo, y aunque le correspondía las sonrisas a Federico, en realidad tenía ganas de darle un puñetazo en la cara e irme corriendo de allí, mentarle la madre y decirle que la voz que salía de ese archivo era del diablo y con el diablo no se juega. Pero algo me detuvo, una voz escondida en esa voz que reflejaba una ternura infinita, una angustia que me destruyó como pocas veces algo me ha destruido. Y si yo oigo música, si le he dedicado tanto tiempo de mi vida, si he encontrado respuestas en ella, es precisamente gracias a las veces en que me ha destruido.

Por eso me quedé el disco de Federico y lo oigo una y otra vez. Por eso miro el documental sobre Johnston, The Devil and Daniel Johnston y, de una extraña manera, me acuerdo de mí. Por eso continúo con ganas de darle puñetazos, esta vez a la vida y no al pómulo de Federico, a cada ocasión que miro a ese gordo desdentado que canta desde la pureza o desde el infierno, que dentro de su mundo son lo mismo, a ese Syd Barrett de hamburguesa y desierto tejano que llora en nombre de los fantasmas.

Por eso, y sin que pueda explicar exactamente de qué manera, ha cambiado mi vida. Ahora que sé que el diablo también está aquí en Berlín.

Mirar www.hihowareyou.com

Martes, Mayo 8th, 2007

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Ohne Ende 2

Martes, Mayo 8th, 2007

No fue por vicio ni por fornicio, y menos por dar un hijo a Su Servicio. Mi colección de ausencias, aunque preferiría que se debiese a nostalgias atoradas o la repentina pérdida de memoria, o quizá a causa cuadro de depresión clínica que me dejase frente a una novela inconclusa y rodeado de botellas de whiskey, tuvo su origen en algo bastante más sencillo y coloquial y rutinario e insufriblemente simple: me quedé sin Internet durante dos meses. La culpa fue de una compañía telefónica europea de nombre Alice, cuyos “simpáticosâ€? métodos de servicio y atención, según me han comunicado otros afectados clientes, la han dejado más desprestigiada que un camarero parisiense. Durante ese tiempo, únicamente interrumpido por un viaje de trabajo a Alsacia, hube de acudir regularmente a cafés Internet en donde bebía un cortado tras otro y miraba pasar temas que quería abordar cuanto antes: el nacimiento de un detestable osito de nombre Knut, las posibles razones por las que las insoportables canciones de Falco habían sido aplastantemente famosas por estos lares, y un ensayo sobre la tristeza que se quedó más triste aún al tener que revolcarse en su propio vacío, en un espacio en blanco que ya nadie llenó. También me casé. Pero eso es harina de otro costal. Un costal del que supongo hablaré algún día en algunos años o en unas horas, o mañana que seguirá lloviendo y los recuerdos corren el riesgo de lavarse. Pero no ahora, no en estos momentos en que lo único urgente es decir es que estoy aquí. Que estoy vivo.  Â