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El Diablo, Daniel Johnston y Yo

Fue Federico el que me dijo, el jueves pasado, que Daniel Johnston había cambiado su vida. Me lo dijo en una tarde lluviosa y húmeda en que ni siquiera Berlín parece soportarse a sí misma. Me lo dijo además entre dientes, como no queriendo la cosa, como si al final se hubiese arrepentido un poco de decírmelo. Yo me limité a sonreírle y confesarle que a Daniel Johnson, el bucanero, sí que lo conocía, producto de un extrañísimo periodo en la niñez en que me dio por clasificar a los piratas por nivel de crueldad, por la cantidad de sangre enemiga que habían derramado sobre los montones de arena o de madera o de mar. Pero, le dije, del Johnston ése no sé nada. Federico, asombrado no sé si por mi ignorancia musical o por tener frente a sí a un freak que escondía dentro de sí a un niño incluso más freaky, puso entonces su i-pod sobre la mesa y me pasó sus audífonos. Escucha, me dijo, y luego, sonriendo, se acomodó sobre el respaldo colocando las palmas de las manos sobre la nuca y extendiendo los brazos, gozando de lo que presenciaría. No había pasado ni siquiera medio compás de la introducción cuando reconocí una de mis canciones favoritas, sólo que algo era diferente, como si un pandero se hubiese sustituido por un platillo, o como se hubiese grabado en un cuarto de baño o la punta de un barranco y no en un estudio, lo cierto es que ya desde ese instante, en que me percaté de que mi canción no era mi canción, me empecé a poner nervioso. Tranquilo, alcancé a leer en los labios de Federico, que ya viene. Y sí que vino: una voz nerviosa, como de alacrán o de sacerdote maya, un alarido agudo lanzado desde donde la vida, la muerte, la cordura, la ciencia, algo, lo que sea, termina, se proyectó en el aire con la inconcebible pesadez de un elefante volador: “I may not always love you…�. A partir de este punto, y conforme avanzaba la canción, me fui sintiendo más incómodo, y aunque le correspondía las sonrisas a Federico, en realidad tenía ganas de darle un puñetazo en la cara e irme corriendo de allí, mentarle la madre y decirle que la voz que salía de ese archivo era del diablo y con el diablo no se juega. Pero algo me detuvo, una voz escondida en esa voz que reflejaba una ternura infinita, una angustia que me destruyó como pocas veces algo me ha destruido. Y si yo oigo música, si le he dedicado tanto tiempo de mi vida, si he encontrado respuestas en ella, es precisamente gracias a las veces en que me ha destruido.

Por eso me quedé el disco de Federico y lo oigo una y otra vez. Por eso miro el documental sobre Johnston, The Devil and Daniel Johnston y, de una extraña manera, me acuerdo de mí. Por eso continúo con ganas de darle puñetazos, esta vez a la vida y no al pómulo de Federico, a cada ocasión que miro a ese gordo desdentado que canta desde la pureza o desde el infierno, que dentro de su mundo son lo mismo, a ese Syd Barrett de hamburguesa y desierto tejano que llora en nombre de los fantasmas.

Por eso, y sin que pueda explicar exactamente de qué manera, ha cambiado mi vida. Ahora que sé que el diablo también está aquí en Berlín.

Mirar www.hihowareyou.com

2 Responses to “El Diablo, Daniel Johnston y Yo”

  1. macho Says:

    oye has comido el yogurt de chocolate que venden en cualquier super de por aya, esta buenisimo pruebalo.

  2. Javier Says:

    No lo he podido escuchar todavía, pero al Diablo me parece escucharlo susurrar de vez en cuando.

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