La Metáfora del Venado
Martes, Junio 19th, 2007Estoy asustado, temeroso, o simplemente no sé cómo adjetivar esta inquietud que llevo en el alma. Me explico. Desde hace unos diez dÃas todos los amigos, familiares, e incluso gente a la que apenas conozco y con la que he mantenido con tacto vÃa telefónica o mediante correos electrónicos, ya por trabajo, ya por motivos personales, me han repetido en nuestras comunicaciones, en medio del “¿y cómo va el tÃo X con su ácido úrico?â€? o “¿de cuántos caracteres será el artÃculo Y?â€?, la misma cantaleta: te echamos de menos, te extrañamos, nos haces falta, acá siempre tendrás trabajo, y un largo, largÃsimo etcétera, pero, insisten todos, por favor no vuelvas a México. Y mientras un primo me sugirió que si me hace falta el dinero mejor me busque un trabajo como lavaplatos en una cervecerÃa bávara antes que regresar, otro amigo de infancia de plano me amenazó con retirarme el habla si se me ocurrÃa aterrizar en la Ciudad de México sin boleto de regreso. Mi pregunta, la principal, la reina de todos los preguntas con relación a este aspecto, es simplemente una: ¿en verdad las cosas están tan mal en la otrora “Ciudad de los Palaciosâ€?? Y es que el montaje que puedo yo hacerme de la ciudad a distancia, básicamente compuesto a través de lecturas en Internet y las versiones de la gente con la que mantengo contacto, me producen una y otra vez una visión sobre el D.F. que no puedo sacarme de la cabeza: la de un animal herido, la de un venado baleado al que no puedes acercártele para arrancarle el proyectil de la piel sin correr el riesgo de que te muerda o haga el amague de enterrarte la punta de una de sus astas. Yo quisiera hacer algo pero no sé ni por dónde empezar. Preso de la impotencia, o más bien como producto de ésta, a ratos imagino que si yo estuviese allà la forma en que miro la capital serÃa totalmente distinta, parecida quizá a la que siempre tuve: la del caos funcional, la de las calles barnizadas de millones de recuerdos y pasos, la de las marchas y las voces que nunca se cansan, pero que también pertenecen a ese asfalto; la de las sonrisas rotas; la robada por la llorona, la malinche y los atardeceres grises, aquella que a cada embotellamiento parece un cuento terrorÃfico de Cortázar. La que, en resumen, todavÃa conserva bajo las piedras una suerte de magia.
Quizá sea tiempo de despertar del sueño o de dejar de romantizar el sitio donde se dice que dios perdió un ombligo.
No sé si pueda. AquÃ, de una forma para la que también carezco de adjetivos, también duele lo que sea que debe doler.
