Relato
Miercoles, Noviembre 28th, 2007Se trata de una historia cualquiera sobre un adolescente cualquiera. Un Holden Caulfield pero con menos encanto. Un personaje de alguno de los primeros libros de José Agustín sin tanta grosería escurriéndosele por entre los labios y carente de toda precocidad, más lento que un elefante borracho. Ojalá, sin embargo, que lo sucedido hubiese sido como en la literatura. En La Realidad, ya se sabe, hay odios y sufrimientos para los que nunca alcanzan las palabras, y específicamente en la de este adolescente de pelos lacios y engominados, no hay nada capaz de decirse o escribirse que pueda reflejar su sentir hacia ese preparatoria a la que todos sus estudiantes llaman cariñosamente, como si se tratara de genitales o su perro chihuahueño, “el Kipling”. No es su arquitectura, perdida en la línea que divide los sesenta de los setenta –y que para él siempre estará delineada la separación de los Beatles-, ni su constante olor a soledad y rosarios encajonados lo que le molesta, ni tampoco el que el profesor de literatura, contrario a doblegarse ante una entendible pasión por las letras, sea un cínico dotado del rictus típico del que padece de prostatitis crónica, más interesado en las faldas y las fallas del estudiantado que en sus capacidades intelectuales. El verdadero problema –así lo piensa- son los alumnos, sus compañeros. Nenes consentidos que preferirían perder el meñique que llevar la misma sudadera dos días seguidos, post pubertos que ya desde entonces se entrenan con esmero para en que en un futuro, alcanzados el puesto, la esposa y la vivienda propia en determinada zona, se les califique de individuos exitosos, prominentes licenciados, contadores y médicos provistos de una férrea armadura a prueba de toda “naqueza”. Pero él todavía no mira las cosas así, aún no sabe que la vida es bastante más compleja, que se mueve frenética como ciervos que respiran el miedo antes de que llegue el temblor, que hay otras metas posibles aparte de hacerse de una amplia casa en Circuito Misioneros. Por eso desea, y con todas sus fuerzas, pertenecer, ser uno más, aunque eso le lleve a escuchar a Journey y Luis Miguel todos los días en vez de Depeche Mode, y sin importar que tal empresa le signifique estudiar minuciosamente las distintas marcas de ropa y coches previo a cualquier charla. Incluso estaría dispuesto a defender a ultranza un catolicismo institucional que le provoca tormentosas e irresolubles dudas, un malestar de cerilla atorada en un rincón del alma, y hasta aprobaría el que las gargantas insaciables de los Misioneros de Cristo se tragasen al Kipling completo de una buena vez. Como los otros, se emplearía en enumerar frente a los de fuera –generalmente llamados a su vez, “los del sur”-, las incontables diferencias habidas entre los simples “satelucos” y los de su raza, asegurando que los primeros han dañado la imagen de la Ciudad y que, si por él fuera, desterraría a todos ellos hacia las lejanas comarcas de Cuautitlán o de plano los aniquilaría. Sería con gusto uno más. Después de todo, en algún momento los barros desaparecerían y los brackets tenían sus días contados, no así una amistad que pudiera avanzar con el tiempo hasta alcanzar la solidez de una columna dórica. Y es que, una vez estando dentro, además de sentirse arropado por el calor que sólo los amigos de verdad ofrecen, podría acercarse con mayor facilidad a la morenita de pecas de ceniza que en su 1.58 resume toda la belleza del mundo, y mostrarle así, ya con la confianza adecuada, los nobles sentimientos guardados tras su esternón de luchador. Pertenecería entonces a ella también y todo estaría perfecto, tejido con armonía, con lo que su monstruoso impulso por escapar -¿de qué?, ¿de quién?- quedaría domesticado, doblegado, roto.
Luego de unos años, diez, veinte, respiraría a la Tierra entera desde la cima más alta de Lomas Verdes y vería al mundo bueno, a la manera de un conquistador y un filósofo y concluiría, agradeciendo a su amada mujer, a sus incondicionales amigos y a su querida preparatoria, en donde finalmente todo empezó, eso, el que todos los sueños, si se tiene paciencia, se pueden cumplir.
Y que Dios, aunque haya quien lo niegue, está en todas partes…
