Relato
Se trata de una historia cualquiera sobre un adolescente cualquiera. Un Holden Caulfield pero con menos encanto. Un personaje de alguno de los primeros libros de José Agustín sin tanta grosería escurriéndosele por entre los labios y carente de toda precocidad, más lento que un elefante borracho. Ojalá, sin embargo, que lo sucedido hubiese sido como en la literatura. En La Realidad, ya se sabe, hay odios y sufrimientos para los que nunca alcanzan las palabras, y específicamente en la de este adolescente de pelos lacios y engominados, no hay nada capaz de decirse o escribirse que pueda reflejar su sentir hacia ese preparatoria a la que todos sus estudiantes llaman cariñosamente, como si se tratara de genitales o su perro chihuahueño, “el Kipling”. No es su arquitectura, perdida en la línea que divide los sesenta de los setenta –y que para él siempre estará delineada la separación de los Beatles-, ni su constante olor a soledad y rosarios encajonados lo que le molesta, ni tampoco el que el profesor de literatura, contrario a doblegarse ante una entendible pasión por las letras, sea un cínico dotado del rictus típico del que padece de prostatitis crónica, más interesado en las faldas y las fallas del estudiantado que en sus capacidades intelectuales. El verdadero problema –así lo piensa- son los alumnos, sus compañeros. Nenes consentidos que preferirían perder el meñique que llevar la misma sudadera dos días seguidos, post pubertos que ya desde entonces se entrenan con esmero para en que en un futuro, alcanzados el puesto, la esposa y la vivienda propia en determinada zona, se les califique de individuos exitosos, prominentes licenciados, contadores y médicos provistos de una férrea armadura a prueba de toda “naqueza”. Pero él todavía no mira las cosas así, aún no sabe que la vida es bastante más compleja, que se mueve frenética como ciervos que respiran el miedo antes de que llegue el temblor, que hay otras metas posibles aparte de hacerse de una amplia casa en Circuito Misioneros. Por eso desea, y con todas sus fuerzas, pertenecer, ser uno más, aunque eso le lleve a escuchar a Journey y Luis Miguel todos los días en vez de Depeche Mode, y sin importar que tal empresa le signifique estudiar minuciosamente las distintas marcas de ropa y coches previo a cualquier charla. Incluso estaría dispuesto a defender a ultranza un catolicismo institucional que le provoca tormentosas e irresolubles dudas, un malestar de cerilla atorada en un rincón del alma, y hasta aprobaría el que las gargantas insaciables de los Misioneros de Cristo se tragasen al Kipling completo de una buena vez. Como los otros, se emplearía en enumerar frente a los de fuera –generalmente llamados a su vez, “los del sur”-, las incontables diferencias habidas entre los simples “satelucos” y los de su raza, asegurando que los primeros han dañado la imagen de la Ciudad y que, si por él fuera, desterraría a todos ellos hacia las lejanas comarcas de Cuautitlán o de plano los aniquilaría. Sería con gusto uno más. Después de todo, en algún momento los barros desaparecerían y los brackets tenían sus días contados, no así una amistad que pudiera avanzar con el tiempo hasta alcanzar la solidez de una columna dórica. Y es que, una vez estando dentro, además de sentirse arropado por el calor que sólo los amigos de verdad ofrecen, podría acercarse con mayor facilidad a la morenita de pecas de ceniza que en su 1.58 resume toda la belleza del mundo, y mostrarle así, ya con la confianza adecuada, los nobles sentimientos guardados tras su esternón de luchador. Pertenecería entonces a ella también y todo estaría perfecto, tejido con armonía, con lo que su monstruoso impulso por escapar -¿de qué?, ¿de quién?- quedaría domesticado, doblegado, roto.
Luego de unos años, diez, veinte, respiraría a la Tierra entera desde la cima más alta de Lomas Verdes y vería al mundo bueno, a la manera de un conquistador y un filósofo y concluiría, agradeciendo a su amada mujer, a sus incondicionales amigos y a su querida preparatoria, en donde finalmente todo empezó, eso, el que todos los sueños, si se tiene paciencia, se pueden cumplir.
Y que Dios, aunque haya quien lo niegue, está en todas partes…

Noviembre 28th, 2007 at 8:15 pm
órale Chuy!
qué chingón relato.
conozco ese mundo sateluco desde adentro.
todo lo que dices me parece tan claro.
lo veo en mi mente.
vientos.
Noviembre 29th, 2007 at 7:02 am
hace frio
Noviembre 30th, 2007 at 12:31 am
Los sueños se pueden tornar en pesadillas, sobretodo si nos aferramos a los de la masa y propiciamos la decadencia y extinción de los propios.
Que atinado relato de la inadaptación, de la búsqueda personal que a veces se olvida en pos de la convivencia esteril, con su falsa seguridad, en la que buscamos ubicarnos en el centro del rebaño, evitando estar en la orilla de donde facilmente podemos ser, arrojados y expulsados del cobijo de la estupidez y el conformismo.
Mentes simples, y por desgracia, nunca sencillas, que satisfacen su impulso vital en el flujo material en el que se regocija su necesidad pueril de poseer.
Tengo, existo, compro, existo (la burda referencia obligada: la burda Guadalupe Loaeza, que a pesar de todo, describe a la perfección el mundo al que aspiran acceder estos entes… satélites del planeta Sur, la tierra prometida del Sateluco).
Te cambio “el Kipling” por “el Tec”, la arquitectura anacrónica por la arquitectura funcional, la religión por la tecnocracia, al profesor de literatura raboverde por la profesora de historia del arte frígida (aunque en ambos casos su sentido de fracaso volcado al estudiantado es el mismo), los sueños de post pubertos satelucos, por los sueños de las manadas de borregos (de diversas locaciones, pero borregos al fin y al cabo), de Journey no digo nada porque Steve Perry es uno de los mejores vocalistas que he escuchado (algún día podemos discutir un poco de Journey), pero entiendo el punto, acercarse a las expresiones complacientes para tener algo en común con la masa…
Al final el impulso vital se impone, a pesar de todo y gracias a todo. La acumulación de fracasos y descalabros nos arrojan al vacío y es ahí, en medio de la inminente caída en donde escapamos de la tragedia cotidiana y la convertimos en relatos… escalones llenos de espinas que trepamos gustosos para enfrentarnos con la siguiente caída y el siguiente abismo…
Identificación cuasi instantánea. Ecos del pasado propio.
El día de hoy tuve 2 encuentros con lo que fue mi vida adolescente, uno agradable, otro desagradable… gracias por el ceño fruncido y la colera contenida que me recordaste. Un escalón que hoy veo lejano y pequeño… casi insignificante.
Un abrazo,
K.
Noviembre 30th, 2007 at 10:11 pm
Cuantos que nos conocemos desde aquellos ayeres, cuando aun no cercaban el Naucalli o cuando asistimos al cinema Apollo a escuchar el THX con el Rattle and Hum, de alguna manera como bien dice el buen K quedo como un escalon que creo que pudimos guardar en el mosaico de los recuerdos.
Hace poco conocí a Andres, tu nuevo sobrino que tu aun no conoces y me hizo acordarme de esos niños que jugabamos a tener sueños y que ahora solo se han quedado en un agradable recuerdo cuando volvemos y que espero que el tenga la virtud de poder soñar.
Enero 2nd, 2008 at 5:08 pm
Hablando de Satelucos…