Aparecer
Sábado, Enero 19th, 2008Sí. Lo sé. Creo que me he pasado un poco con esto de practicar el acto de desaparecer. Ya ha sido un mes desde la última ocasión en que me quejé del “nadismo” al tiempo que lo alababa, para luego arrojarme de nuevo a la nada o a una suerte de nada. Un navideño e insufrible mes. Un mes con olor a pavo relleno y sabor a castañas, un mes de esfera barata y sentimientos encontrados, de tío borracho declamando tristezas desde la cabecera de una mesa que invariablemente se alarga a cada diciembre.
Un largo y vacacional mes.
Aunque cabe aclarar que si de algo siempre he estado cierto, es que nunca podré ser de los que escriben algo todos los días con la intención de compartirlo a manos llenas en un foro virtual, pero mentiría si dijera ahora que no ha habido una necesidad en mí, escondida –y ni tanto- de volver a estas líneas invisibles para comunicar, a quienes me conocen físicamente y a los que no, que sigo vivo, que no he muerto, que Soy. Que si me desvanecí entre el polvo, fue porque andaba por Barcelona siguiendo una a una las instrucciones para borrarme de una vez del mapa. Pero lo único que conseguí fue gastar demasiado dinero en tempranillos acompañados de tapas de anchoas, y el concluir que he leído a Vila-Matas en exceso, al punto de la sobredosis.
También leí a Melville y a Capote, pero ese es otro asunto.
Además estaba bastante ocupado tratando de reparar un grave error, consistente en sustituir a los insufribles aunque siempre añorados villancicos con las variaciones Goldberg, convirtiendo así a la Navidad en un bizarro ejercicio introspectivo practicado en grupo, terapia familiar silenciosa en la que solamente faltó pasarnos la pistola para jugar a la ruleta rusa entre el primer plato y la reglamentaria pierna de pavo. No: Bach no es lo mejor para recibir al niño dios.
Ahora que lo recuerdo, la última borrachera que me puse con Guillermo Fadanelli fue, en buena medida, un justificante de mis ausencias: En realidad, lo comprobé, no hay nada mejor para simbolizar lo que sería sufrir el purgatorio que encarar sin analgésicos una resaca de Jägermeisters combinados con cerveza. Y el purgatorio, ya se sabe, es lo más parecido que hay a la nada absoluta, y para entrar allí, no hay puerta más grande que la brindada por Berlín.
Pero supongo que ya purgué lo purgable porque estoy de vuelta, porque de repente ya es 2008 y a este nuevo año ni siquiera lo vi anunciarse con la mínima decencia. No lo invité a mi casa. Pero ahora despierto y lo miro impreso en todas partes, pavoneándose, recordándome en la jeta que soy más viejo y menos sabio, que aunque pierda todos los días nunca sabré admitirlo, que, aunque quisiera, aunque poseyese la fórmula en las manos, al final rechazaría la posibilidad de desaparecer para siempre.
Eso pienso hoy. Aunque nunca se sabe…
