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Archive for Junio, 2008

New’s Divine o Un Viernes en la Ciudad de los Sacrificios

Miercoles, Junio 25th, 2008

Hoy pienso en mi ciudad, en una de mis ciudades, y sin mirarla la miro más gris que nunca. Tiembla y no es por frío, y en su ruido constante lo único que prevalece es el silencio.
Tales cosas sólo suceden en mi ciudad, en una de mis ciudades, cuando tiene miedo, en aquellos calurosos días lavados en los que el dios del sol y de la sangre se asoma, no como si volviera, sino como si en realidad jamás se hubiese ido.
Yo soy de los que piensa lo segundo y por eso también tiemblo y me estremezco y soy gris y ensamblo silencios en medio del ruido.

Fueron -lo he leído, lo he escuchado- doce cuerpos, algunos pequeños como lágrimas, los que cayeron desmoronados sobre el pavimento. Tras el olor a tabaco y a cerveza barata, e incluso en unos casos por sobre el aroma a uniforme transpirado y el tufo negro y profundo de la muerte, se percibía el inconfundible aliento del horror, aquel tan parecido al del olvido.
Ya se sabe: En mi ciudad, en una de mis ciudades -y que de algo sirva la memoria-, siempre existirán tardes aptas para los sacrificios.
Lo siguiente será devorarse a sí misma.

La Generala Prusiana

Miercoles, Junio 18th, 2008

No vi el cadáver de la tía Pachi por la simple razón de que no asistí a su sepelio. No recuerdo si se me cruzó un día de exámenes en la escuela, si mi madre prefirió ahorrarme una pena pequeña o si fui yo quien desistió la idea de pararse de puntas frente a una caja negra para atestiguar que lo que fue ya no era. Lo que sí me viene a la memoria es que al enterarme de su deceso, acaecido por causas naturales, la imaginé metida en un féretro mucho más grande de lo normal, uno de madera ancha y lijada en donde cabrían al menos tres personas delgadas o dos cuerpos de complexión normal pero cubiertos de varios abrigos de pieles.

Quizá la tía Pachi en realidad no era tan grande como la habían clasificado mis ojos de niño y para quienes se trataba de una auténtica giganta de espaldas anchas, quijada cuadrada y piernas de levantador de pesas, aunque no albergo ninguna duda de que era mucho más alta y fuerte que la media de las mujeres mexicanas. También es seguro que fue de su boca que escuché por primera vez la palabra “Alemania”, pues la tía Pachi, quien en realidad era mi tía abuela, vivió al menos durante veinte años en alguna ciudad germana cuyo nombre hasta ahora nadie me ha aclarado. De hecho creo que ni mi abuela ni ninguna de sus hermanas, quizá por la desmemoria propia de la edad o simplemente porque nunca les importó demasiado, saben siquiera si se trataba de una urbe distinguida o de un pintoresco pueblito que descansaba en las faldas de alguna montaña.

En lo único que todas invariablemente coinciden es que si la tía Pachi se mudó hasta este otro lado del Océano fue porque se casó con un alemán que, como todos en esa época, se llamaba Fritz –quien debió de ser un teutón de dimensiones monstruosas, pues dicen que ella le llegaba apenas a la altura del pecho-, y que por alguna extraña razón trabajó como enfermera durante la Segunda Guerra Mundial, atendiendo a jóvenes que hacían caso omiso del pedazo de brazo que acababan de perder cuando escuchaban su exótico e indescifrable acento. También se sabe que, contrario a toda lógica de pureza étnica típica de la época, la tía Pachi se cruzó en algún momento con Hitler y éste le tendió la mano. Su mirada me dio miedo, era como de acero, creo que la escuché comentar alguna vez y a mí me vinieron a la mente los ojos apagados y grises de los peces muertos.

Supe eso de la tía Pachi y poco más, quizá sólo el que nunca tuvo hijos y que había vuelto a México desde hace muchos años, quizá dos o tres luego de que concluyese la Guerra. Según me enteré después, evitaba al máximo hablar de un pasado que a todas luces la continuaba hiriendo y que invariablemente la sumergía en unas lágrimas copiosas y muy blancas, lágrimas difíciles de controlar y en las que se combinaban elementos que por sí solos conformarían dolores absolutos y por tanto llorables: el horror presenciado en la guerra, la inquietud existencial propia de los que nacieron desterrados y no pertenecen a ningún sitio, el amor perdido primero en las trincheras y luego en la locura… todo ello ha de reposar en un diario nunca escrito que, quizá como ella quiso, se encuentra irremisiblemente condenado al olvido, a esa nada de hierro y viento frío que conforme pasan los años conocemos mejor aquellos que vivimos en este país al que la tía Pachi jamás volvió, pero al que añoró hasta el final sin nunca demostrarlo demasiado, con sobriedad absoluta, digna de insobornable generala prusiana.

 

 

Pet Revolver

Miercoles, Junio 11th, 2008

Mi cabeza se halla muy dispersa. Lo ataño a que releo Estrella Distante mientras escucho el Pet Sounds pero no, definitivamente las palabras de Bolaño no resbalan bien con Wouldn’t It Be Nice. Tal vez lo harían con Hank Williams, la séptima de Beethoven o una compilación de soundtracks de películas de vampiros serie B.

Pero no con Wouldn’t It Be Nice.

Aunque el mero citar a los Beach Boys me recuerda que hoy amanecí con ganas de echarle más leña al fuego antes de hacer el amague de atizarlo, pues al parecer la guerra entre los californianos y los Beatles, nacida a partir de mi blog pasado, tiene tintes de descarnada, casi apocalíptica. Para mí en realidad, y pese a los comentarios (que en primer lugar agradezco), de K. (que espero que no sea Kafka porque entonces, además de morirme de miedo, me infligiría un respeto apoteósico), y de Mr. Guingu (a quien dada tan peculiar contraseña imagino hijo de chinos o vietnamitas nacido en Galicia), no se me dificulta en lo más mínimo decidirme por entre el Revolver y el Pet Sounds por el simple hecho de que para mí son el ying yang, el padre y la madre, la noche y el día, de lo que entiendo por música moderna. Cada vez me cuesta más trabajo pensar el uno sin el otro, verlos como partes distintas, individuales, mucho menos irreconciliables.

Ya a Federico se lo había dicho alguna vez: Si el Pet Sounds es colorido, margaritas sobre el césped, paleta de pintor esquizofrénico, caleidoscopio infinito, celebración de la vida, el Revolver es entonces el blanco y negro, la acera de cemento desnuda, el búho en la copa del árbol, la lluvia y la nube, el ocaso.

Y yo podría vivir desde ahora y hasta hacerme nada escuchando un día uno y al siguiente el otro, creando diálogos entre el bajo galopante de Carol Kaye y los punteos elegantísimos de McCartney, cosiendo la dulzura vocal de Mike Love con el quejido punzante y huevón de Lennon, apreciando el contraste entre el muro de sonido que es como ola, pero no de mar sino de locura genial y más bien seca creado por Brian Wilson y el sonido de cueva lisérgica que George Martin creó sin meterse apenas un par de aspirinas.

Son mis totems sagrados y rara vez dejo que me los toquen. Sobra decir que de todas maneras yo, fiel a mis clases de civismo de primaria –que por cierto, me acabo de enterar que ya no existen- pongo frente a las críticas mi cara de incluyente que es como poner cara de nieve de limón y hago como que escucho con paciencia, pero lo cierto es que siento como si dijeran puta a mi madre, mamón a mi padre y luego incendiaran mi casa con mi perro Elvis –q.e.p.d.- dentro. Cierto es que de cualquier forma soporto con mayor estoicismo las opiniones de aquellos que me han probado su sensibilidad y conocimientos musicales, y hasta he respondido con una sonrisa de doctor a enfermo terminal a algunos amigos que mencionan a The Smiths o a Velvet Underground como los responsables del mejor disco de todos los tiempos. Pobrecillos.

En sí, a los únicos que deseo castigo eterno de características dantescas es a los fieles a Exile On Main Street, de los Rolling Stones. ¡Arded en los infiernos!

Pero no gastaré tinta salivar con este último asunto. No hoy. Mejor los dejo con dos de mis temas favoritos de ambos discos, dos que escucho siempre con los ojos cerrados y que, no me avergüenza decirlo, todavía me conmueven hasta las lágrimas.

Pet Revolver, o Revolver Sounds, si se prefiere.

 

 

Ich bin…

Miercoles, Junio 4th, 2008

Vuelvo. Quizá habiendo encontrado un poco más aquello que buscaba: Ser más yo. Pero lo más seguro es que mi regreso se deba a eso que determina más de la mitad de mis acciones: mera nostalgia.

Si acaso sé que definitivamente en esta ocasión me aburriría el tratar de hacerme el simpático. Para chistes, chismes y anécdotas divertidas existen un sinnúmero de blogs increíblemente mejores que éste, escritos con agilidad y ocurrencia por mentes lúcidas y rapidísimas a quienes imagino siempre con peinados de Woody Allen, en el caso de los hombres, y con el lacio re-alaciado de Angelina Jolie –que no con el físico- por lo que a la parte femenina se refiere.

De hecho yo también los leo y me río, y dejo que mis manos entrelazadas sobre la barriga se sacudan al compás de las carcajadas, y siempre que esto sucede pienso que me vendría bien una barriga abultada y orgullosa, una barriga sólida, de sibarita, cervecero consumado o padeciente de retención de líquidos. Una barriga como la de Ibargüengoitia, el Gordo del Gordo y el Flaco, el Señor Barriga o Agustín Carstens.

Una barriga con personalidad.

Pero ya no hablaré de barrigas. Bastante tengo con haberme decidido a volver a escribir en este blog y además hacerlo contando con la firme convicción de que haré hasta lo imposible por siquiera aparecerme cada semana, como las campanadas de la iglesia o la serie de TV gringa doblada al español. Mi fuerza de voluntad para agarrar un ritmo de escritura bloguera, al menos ahora, haría palidecer a la de un cocainómano rehabilitado.

¡Qué fuerte puede ser la nostalgia!

¡Pero también el que en mi última visita a México mis queridos Beach Boys fuesen infravalorados, casi insultados! Pero esa charla quedará para una tarde mejor, de esas horribles que tanto me gustan. Porque, ya se sabe, lo mío son la angustia y el pesimismo, martirizarme y auto compadecerme -eso sí, con ironía y burlándome de mi curiosa y a veces insoportable manera de ser-. Allí sí que la escritura fluye por entre mis dedos como calientes pedazos de cera. Y también cuando lo que exige mi atención es la música, lo único que me libera de las saudades y las melancolías.

Pero los chistes, ya lo dije, no son lo mío. Todavía el chisme, cuando es bueno, siquiera me ayuda a pasar el rato.

No hay más. Me voy pero regreso.

Un saludo al Dude, a quien también le robaron la alfombra.
p.d. En mi otro blog (al cual por cierto también he vuelto el día de hoy, no me reconozco), coloqué una entrevista sobre música que le realicé al escritor Rodrigo Fresán hace unos tres años. Melómanos y no melómanos la pasarán bien con el texto. Prometido.

www.diariolatempestad.com; Sección Blogs-Capitales del Arte- Berlín.