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La Generala Prusiana

No vi el cadáver de la tía Pachi por la simple razón de que no asistí a su sepelio. No recuerdo si se me cruzó un día de exámenes en la escuela, si mi madre prefirió ahorrarme una pena pequeña o si fui yo quien desistió la idea de pararse de puntas frente a una caja negra para atestiguar que lo que fue ya no era. Lo que sí me viene a la memoria es que al enterarme de su deceso, acaecido por causas naturales, la imaginé metida en un féretro mucho más grande de lo normal, uno de madera ancha y lijada en donde cabrían al menos tres personas delgadas o dos cuerpos de complexión normal pero cubiertos de varios abrigos de pieles.

Quizá la tía Pachi en realidad no era tan grande como la habían clasificado mis ojos de niño y para quienes se trataba de una auténtica giganta de espaldas anchas, quijada cuadrada y piernas de levantador de pesas, aunque no albergo ninguna duda de que era mucho más alta y fuerte que la media de las mujeres mexicanas. También es seguro que fue de su boca que escuché por primera vez la palabra “Alemania”, pues la tía Pachi, quien en realidad era mi tía abuela, vivió al menos durante veinte años en alguna ciudad germana cuyo nombre hasta ahora nadie me ha aclarado. De hecho creo que ni mi abuela ni ninguna de sus hermanas, quizá por la desmemoria propia de la edad o simplemente porque nunca les importó demasiado, saben siquiera si se trataba de una urbe distinguida o de un pintoresco pueblito que descansaba en las faldas de alguna montaña.

En lo único que todas invariablemente coinciden es que si la tía Pachi se mudó hasta este otro lado del Océano fue porque se casó con un alemán que, como todos en esa época, se llamaba Fritz –quien debió de ser un teutón de dimensiones monstruosas, pues dicen que ella le llegaba apenas a la altura del pecho-, y que por alguna extraña razón trabajó como enfermera durante la Segunda Guerra Mundial, atendiendo a jóvenes que hacían caso omiso del pedazo de brazo que acababan de perder cuando escuchaban su exótico e indescifrable acento. También se sabe que, contrario a toda lógica de pureza étnica típica de la época, la tía Pachi se cruzó en algún momento con Hitler y éste le tendió la mano. Su mirada me dio miedo, era como de acero, creo que la escuché comentar alguna vez y a mí me vinieron a la mente los ojos apagados y grises de los peces muertos.

Supe eso de la tía Pachi y poco más, quizá sólo el que nunca tuvo hijos y que había vuelto a México desde hace muchos años, quizá dos o tres luego de que concluyese la Guerra. Según me enteré después, evitaba al máximo hablar de un pasado que a todas luces la continuaba hiriendo y que invariablemente la sumergía en unas lágrimas copiosas y muy blancas, lágrimas difíciles de controlar y en las que se combinaban elementos que por sí solos conformarían dolores absolutos y por tanto llorables: el horror presenciado en la guerra, la inquietud existencial propia de los que nacieron desterrados y no pertenecen a ningún sitio, el amor perdido primero en las trincheras y luego en la locura… todo ello ha de reposar en un diario nunca escrito que, quizá como ella quiso, se encuentra irremisiblemente condenado al olvido, a esa nada de hierro y viento frío que conforme pasan los años conocemos mejor aquellos que vivimos en este país al que la tía Pachi jamás volvió, pero al que añoró hasta el final sin nunca demostrarlo demasiado, con sobriedad absoluta, digna de insobornable generala prusiana.

 

 

3 Responses to “La Generala Prusiana”

  1. Arimatea Says:

    Inmejorable post Prof. Hace mucho no rememoraba a la Tía Pachi, aunque dejame precisar que era Tía Bis-Abuela de nosotros, es decir era hermana de la mama de nuestra Abuela.

    Gracias por el recuerdo y por la Tía Pachi que ahora que la recuerdo creo que era mas grande que un servidor.

  2. rogelio garza Says:

    Pues qué personaje, la tía Pachi…

    Mi estimado Chuy, gracias por tus visitas y comentarios. El asunto del libro no me deja tiempo de bloguear, lo cual me da mucho gusto pero pierdo el contacto con toda esta banda que eh venido contactando. Espero que mi situación se regularice pronto para darme mis roles más seguidos.

    Recibe un abrazo desde esta tierra de bicicletas, ja!

    R

  3. K. Says:

    Mi estimado purapanza… dejé morir la discusión musical gracias a tu tono conciliador y estóico de tu post anterior. ¿Qué carajos se hace en contra de un argumento tan amablemente destructivo? Se acepta la derrota en el sentido de que no te voy a convencer… sigo creyendo lo mismo que esa noche de cerveza, pizza, cigarro y palabras, pero no puedo atacar a quien tan sutilmente se expresa.

    Creo que la tía Pachi te legó un tanto de su sobriedad y de la inquietud existencial del desterrado.

    Un gran personaje de la vida cotidiana tu tía Bisabuela…

    Gracias por el post y por el recuerdo.

    Seguimos en contacto en nuestros espacios virtuales, hasta que haya oportunidad de ahora si llevarle a unos tacos… de esos de esquina, refresco y plato en la misma mano, mientras el objeto del deseo se balancea suavemente en la otra.

    Abrazo.

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