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Archive for Julio, 2008

Espejismo

Miercoles, Julio 30th, 2008

Las últimas semanas se han hallado nutridas por algunos de los días más bizarros de mi vida. Durante ese tiempo y en momentos particulares, de aroma enrarecido, como diría el poeta morfinómano Armando Palencia, me vi rodeado por experiencias de lo más extrañas, entre ellas el haberla hecho de extra (o figurante o Komparse) en una película para la televisión alemana que versa sobre la caída del Muro y luego, apenas una semana después de gritar “Tor auf” y “Reisefreiheit” junto con otros quinientos supuestos Ossis (varios ellos dotados de auténticos y abominables –o exquisitos, porque pasan por un grave proceso de extinción- mullets) y de portar un terrible vestuario –mocasines y pantalones de tubo incluidos- que me recordó la pinta que debía llevar al salir de las tardeadas del New’s Toreo, el ser nuevamente invitado a trabajar por una empresa teutona. Esta vez sin embargo la cuestión fue bastante más seria, pues hube de exhibir mis barbas antes las cámaras de una cadena televisiva y allí, con la Puerta de Brandemburgo de fondo, dar mi opinión sobre las expectativas que se tendrían en materia de relaciones exteriores en caso de que Obama quedase como el próximo presidente de los Estados Unidos.

Ya no me queda ninguna duda. Soy, lo sé, lo acepto, un “Milusos”. Uno perdido –o encontrándose- en Berlín.

Pero mejor eso, creo, mejor la actividad, cualquiera que ésta sea, y las distracciones, y el desayunarme cinco horas de clases de alemán todos los días, y el pensar una novela que no se ha continuado escribiendo, y el añorar aquellas mañanas en que la novela se escribía por sí sola, como en un episodio de Harry Potter o de Odisea Burbujas o del programa o cuento o historieta para niños de mierda que sea. Mejor eso y el darle cuerda a la cabeza con las rubias que cruzan muy monas con sus bicicletas y sus faldas vaporosas, y el escribir e-mails que nunca serán respondidos, y el mirar fotos de otros e imaginar las historias que pasan por sus mentes.

Sí, mejor eso que dejarse llevar por el calor de Berlín, ese calor caprichoso que viene y va pero que cuando se asoma se mete hasta el centro de la cabeza por los oídos, mordiendo todo a su paso, arrancando células y pelo y neuronas; un calor que cuando se aparece, cuando se digna a llegar a dentelladas y arañazos lo deja a uno completamente atolondrado y algo triste, y también enfadado con la vida o al menos con lo que ese día de calor la vida da la impresión de ser.    

Es entonces, en estos pocos días que tienen lugar cada año, cuando uno no debe, y por ningún motivo, dejarse llevar por el calor de Berlín. De lo contrario se corre el riesgo de querer salir a la calle y cortar con calma, como si fuese una barra de salami, el cuello de un árabe mientras que con la otra mano se sostiene un libro de Camus.

Gracias, Dios, gracias por el milusismo.

Herrn Simpson

Viernes, Julio 25th, 2008

Por tu culpa otra vez llegué tarde a la comida de letras, de estas letras que muchas veces son tontas y pretenciosas, y que en otras, las menos, se rebelan y adquieren destellos mínimos de brillantez, como si se tratase de estrellas moribundas… las palabras, al final, son luciérnagas tragadas por sapos.

Y también a causa tuya tengo el descaro de irme tan pronto como llegué. Ni siquiera poseo el tiempo o la paciencia de despedirme o al menos de no hacerlo del todo, lo cual sería incluso más elegante o adecuado. Me quedo en medio, indefinido, congelado para mi pesar en un limbo de idiotez y no de locura.

Y todo es tu culpa, señor Simpson. Tu llegada a Berlín desbarató mis horarios y rutinas. En nuestro encuentro bebí demasiadas cervezas y fumé, como tú, demasiados cigarrillos y, lo más raro, y lo comento por si no te diste cuenta, me tragué mi usual timidez y me atreví a gritarte y pedirte canciones (por primera vez en mi vida) como un vil fan, casi como una colegiala actuaría frente a su a boy band favorita, y no contento con ello me animé a cantar contigo un par de líneas de tus canciones aunque, eso sí, sin acercarme siquiera un poco a aquellos gritos tuyos que parecen salidos del infierno que hay detrás del infierno. Rodeado de alemanes, fui el único que brincó siquiera a medias, como un conejo cojo, y por un momento sentí o pensé que era el único al que el corazón le corneaba le garganta.

Pero no lloré cabronazo. Ni lo pienses. Aunque si hubieses tocado la siguiente canción te confieso que sinceramente no habría sabido qué hacer.

Me la debes…

Stayin’ Alive

Miercoles, Julio 16th, 2008

Sí, lo sé. Soy plenamente consciente de que prometí que me aparecería aquí cada semana. Lamentablemente, se me atravesaron un concierto de los Magnetic Fields y otro de Radiohead, y con ellos la visita de amigos a los que nunca he dejado de echar de menos. Ojalá y hubiera fórmulas para eso, para no extrañar, para no quedarse con el corazón dando vueltas de licuadora cada vez que aquellos a quienes uno quiere tanto dicen adiós con los ojos brillantes y temblorosos. Esta vez –porque siempre busco un método distinto- opté por poner mi cara de escoba maltratada y mirar a ese cielo de Berlín que más bien parece un suelo, un suelo de madera negra astillada y percudida, y morderme la lengua y el alma para evitar la caída de una sola lágrima. No hay nada menos elegante que llorar mientras se brinda un hasta luego. Si se llora que sea por dentro. Lo otro, el berreo descarado, debiera limitarse las madres que persignan a los hijos que parten a la guerra o al extranjero, que siempre es como ir hacia una pequeña guerra, una que se pelea con otras armas.

 

Ayer curiosamente, y mientras meditaba en las despedidas y en las guerras y en las armas, y también en la imperdonable ausencia de Pyramid Song en el concierto de los de Oxford, recordé más bien una bienvenida: la de mi primo J. a la ciudad de México. En realidad se trató de una fiesta en extremo particular ya que él era el único invitado a un festejo que celebraba su propia llegada, festejo que tuvo una ínfima duración de cuatro minutos con cuarenta y cinco segundos exactos en los que las bocinas de su coche, un Volkswagen rojo en el que J. aprendió a manejar y sobre cuyo parabrisas dejó alguna vez estampada la nariz, retumbaron con todo el voltaje del que eran capaces. Me lo imagino perfectamente allí, en medio del Periférico y sacudiendo de un lado a otro aquella cabeza a la que todavía cubría una melena envidiable y esponjada, e incluso podría jurar que manoteaba cada platillazo y tarola sobre el volante y que no había alto en el que no quitase el pie del acelerador para emular el bombo. Luego de vivir por varios años en un lugar al que yo todavía califico de lado B de Comala y que se halla situado donde los Altos de Chiapas ya son más bien bajos o medios, J. volvía a la Ciudad de México con Stayin’ Alive de los Bee Gees sonando nada más cruzar la última caseta. De acuerdo con lo que relató después, y también ahora, pues a la fecha gusta de contar la anécdota, este pequeño momento fue una clara señal, casi un mandamiento, de que nunca, por ningún motivo debía bajar la guardia ante los temibles aires grises y secos del D.F. so peligro de acabar entre sus fauces para luego ser vomitado marchito, con cara de escoba maltratada, de despedida, de madre que olvidó persignar a su hijo antes de que éste marchase a la guerra.

 

Al final J., por azares de la vida, volvió a su Comala querida pero, y ello me consta, sobrevivió al D.F. como los grandes durante todo el tiempo que permaneció allí. Supongo que su historia, en sí la continua relación que ha establecido con su Chiapas y el D.F. es como la de un falsete que “se pasa y se da la vuelta”, que va de allí para acá, que sin embargo se mueve.

 

Para J. entonces este pedazo de humor que me recordó su pequeña y peculiar bienvenida al D.F. y  sus sabios consejos para sobrevivirlo.

 

 

 

 

 

El Fin del Mundo

Miercoles, Julio 2nd, 2008

El lunes pasado volví a soñar con el fin del mundo. Como siempre que me pasa, miré cómo nuestras civilizaciones eran cubiertas por la manta inmensa de los océanos. Esta vez, sin embargo, ocurría algo diferente: Concluido el cataclismo, que en tiempo onírico sucedía apenas en un par de horas o menos, observaba desde las alturas, creo que desde una antena o un rascacielos altísimo y en compañía de una mujer cuyo rostro no recuerdo, a Roma o a una urbe parecida a Roma inundada por completo, aunque extrañamente –y esto me inquietaba, o más bien me maravillaba- sumida en la más apacible de las calmas, entregada por completo a la mortal humedad de su destino. El agua era tan limpia como la de un acuario cuidado con esmero, lo que me permitía divisar con toda claridad el crucigrama de calles y edificios que comprendían a la ciudad, entre ellos la inconfundible cúpula de la Catedral de San Pedro y otras obras arquitectónicas de dimensiones considerables a las que en el sueño incluso identificaba con nombres pero que posiblemente nunca han existido.

Entonces algo llamaba mi atención: entre las avenidas y las casas, al lado de parques, terrenos baldíos y edificaciones, o más bien, debajo de todo ello –digamos que el efecto del agua, un agua extraña, sin duda, permitía mirar no solamente el suelo, sino también lo que había debajo de él-, se hallaban infinidad de estructuras circulares que se apreciaban tan sólidas como un búnker, una suerte de hormigueros gigantescos y redondos que se multiplicaban por cientos o miles. A mí, recuerdo, me parecían chinches clavadas en aquella especie de mapa que veía como metido en una pecera, chinches grises o negras que contrastaban con las tonalidades pastel del resto de la cartografía, lo que terminó por producirme una curiosidad desmedida que me obligó a voltear la cabeza hasta mirar los ojos imposibles de mi compañera sin cara –la única seguridad que poseo es que era rubia- y finalmente preguntarle, no sin cierto nerviosismo, qué demonios era eso. “Allí solamente hay cuerpos. Los cadáveres o los restos de los cadáveres de todos los enemigos de la Iglesia Católica que ésta asesinó en secreto a lo largo de los siglos, con el paso de la historia. Son millones… y a mí también me asusta”.

Desperté, no sudando pero sí con una inquietud incómoda prendada a mis talones. Y la sensación permaneció incluso después del segundo café de la mañana siguiente, con lo que me vi forzado a contarle a Federico sobre el sueño y luego solicitarle, en caso de que la tuviese, una posible interpretación. “Interpretación una mierda”, me contestó, “si para constatar lo que soñaste basta con buscar en algunos libros. Lo que sí, si fuese tú dejaría de escribir la novelita ésa que estás escribiendo y que tanto tiempo valioso te quita, y llenaría de paja, de muchísima paja el relato que hay detrás de tu sueño, así, como si una bola de pegamento puro entrase en un establo, y el resultado final sería un best seller del tipo de Código Da Vinci”.

En aquel momento me reí pero por la noche y ya con la cabeza en la almohada, especulando sobre cuál sería la próxima vez que soñaría con el fin del mundo y cómo es que éste tendría lugar –tal imaginativa onírica me persigue desde los diez años de edad- pensé que quizá en el fondo Federico tenía algo de razón. Y también que la próxima vez, si es que aparece, me gustaría mirar el rostro de la mujer que me habla. Y que a veces soñar es como perderse bajo las faldas de la nada y poder espiarle, siquiera por un segundo, sus misteriosas, misteriosísimas bragas.

Y luego me quedé dormido.