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El Fin del Mundo

El lunes pasado volví a soñar con el fin del mundo. Como siempre que me pasa, miré cómo nuestras civilizaciones eran cubiertas por la manta inmensa de los océanos. Esta vez, sin embargo, ocurría algo diferente: Concluido el cataclismo, que en tiempo onírico sucedía apenas en un par de horas o menos, observaba desde las alturas, creo que desde una antena o un rascacielos altísimo y en compañía de una mujer cuyo rostro no recuerdo, a Roma o a una urbe parecida a Roma inundada por completo, aunque extrañamente –y esto me inquietaba, o más bien me maravillaba- sumida en la más apacible de las calmas, entregada por completo a la mortal humedad de su destino. El agua era tan limpia como la de un acuario cuidado con esmero, lo que me permitía divisar con toda claridad el crucigrama de calles y edificios que comprendían a la ciudad, entre ellos la inconfundible cúpula de la Catedral de San Pedro y otras obras arquitectónicas de dimensiones considerables a las que en el sueño incluso identificaba con nombres pero que posiblemente nunca han existido.

Entonces algo llamaba mi atención: entre las avenidas y las casas, al lado de parques, terrenos baldíos y edificaciones, o más bien, debajo de todo ello –digamos que el efecto del agua, un agua extraña, sin duda, permitía mirar no solamente el suelo, sino también lo que había debajo de él-, se hallaban infinidad de estructuras circulares que se apreciaban tan sólidas como un búnker, una suerte de hormigueros gigantescos y redondos que se multiplicaban por cientos o miles. A mí, recuerdo, me parecían chinches clavadas en aquella especie de mapa que veía como metido en una pecera, chinches grises o negras que contrastaban con las tonalidades pastel del resto de la cartografía, lo que terminó por producirme una curiosidad desmedida que me obligó a voltear la cabeza hasta mirar los ojos imposibles de mi compañera sin cara –la única seguridad que poseo es que era rubia- y finalmente preguntarle, no sin cierto nerviosismo, qué demonios era eso. “Allí solamente hay cuerpos. Los cadáveres o los restos de los cadáveres de todos los enemigos de la Iglesia Católica que ésta asesinó en secreto a lo largo de los siglos, con el paso de la historia. Son millones… y a mí también me asusta”.

Desperté, no sudando pero sí con una inquietud incómoda prendada a mis talones. Y la sensación permaneció incluso después del segundo café de la mañana siguiente, con lo que me vi forzado a contarle a Federico sobre el sueño y luego solicitarle, en caso de que la tuviese, una posible interpretación. “Interpretación una mierda”, me contestó, “si para constatar lo que soñaste basta con buscar en algunos libros. Lo que sí, si fuese tú dejaría de escribir la novelita ésa que estás escribiendo y que tanto tiempo valioso te quita, y llenaría de paja, de muchísima paja el relato que hay detrás de tu sueño, así, como si una bola de pegamento puro entrase en un establo, y el resultado final sería un best seller del tipo de Código Da Vinci”.

En aquel momento me reí pero por la noche y ya con la cabeza en la almohada, especulando sobre cuál sería la próxima vez que soñaría con el fin del mundo y cómo es que éste tendría lugar –tal imaginativa onírica me persigue desde los diez años de edad- pensé que quizá en el fondo Federico tenía algo de razón. Y también que la próxima vez, si es que aparece, me gustaría mirar el rostro de la mujer que me habla. Y que a veces soñar es como perderse bajo las faldas de la nada y poder espiarle, siquiera por un segundo, sus misteriosas, misteriosísimas bragas.

Y luego me quedé dormido.

   

One Response to “El Fin del Mundo”

  1. F Says:

    increíble este texto de bitácora de navegación onironáutica; me gustó mucho la traducción de lenguaje cinematográfico de sueños a lenguaje de vigilia — esas nociones que hay que ajustar con corset de palabras

    y esta inmersión disparó el recuerdo de un espectacular de aeroméxico (creo que lo vi en el circuito interior), el que anuncia sus nuevos vuelos a italia… al verlo pensé en roma y df y sus semejanzas… en la radio un tipo decía que estaba pensando dar el enganche para una lancha, silvia pinal se quejaba de que las lluvias le roban público a su teatro… si cualquier megalópolis se inundara machín, seguro saldrían a flote historias rudas… y si Tlaloc se sigue precipitando en sostenido por una buena temprada, algún año de estos, México volvería a ser laguna, a este ritmo…

    Leer tu sueño me causó la misma sensación que pensar en una inundación masiva en chilangolandia, una mano fría sosteniéndome el estómago.

    http://www.jornada.unam.mx/2008/07/10/index.php?section=capital&article=039n1cap

    http://www.jornada.unam.mx/2008/07/11/index.php?section=estados&article=034n1est

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