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Archive for Agosto, 2008

El día del bombero

Miercoles, Agosto 27th, 2008

Era un tipo alto, grande, y con bigote de brocha gorda al revés. Sin pelo y con el cráneo rojo, como lo tienen la mitad de los alemanes. Lo odié porque, por más que le pedí que me hablara lento y pausado como a un niño, de su boca saló un tornado de palabras, uno por cierto tan atropellado que al final y sin saber bien porqué me comprometí –y con ello a la nuca, quien todavía no sabe nada y recibirá la noticia con el gusto con que se recibe una llamarada- a aportar diez euros mensuales para el honorable (esto ya lo comienzo a dudar) cuerpo de bomberos de Kreuzberg.

Siento, en resumen, que abusaron de mí. De mi ignorancia, de mi mal alemán, de mi cara de hámster, de mi inocencia, que aún tengo algo de ella escondida entre los huesos. Y eso no me gusta en lo más mínimo. Digo, es cosa segura que la nuca y yo hubiésemos convenido en aportar para la causa, y quizá también esos mentados diez euros, ¿por qué no? A final de cuentas, y aunque yo no los he visto hasta el momento, habrá uno que otro incendio en Berlín y con ello la función de estos corpulentos hombres será bastante más arriesgada –esto sí que lo he visto- que bajar mininos de los olmos antes de que las abuelitas propietarias de los animales mueran de una apoplejía. Sin ir más allá: yo, como todos, también soñaba con ser bombero cuando tenía cinco años. Si bien, insisto, lo que enfada es esta sensación de que me vieron la cara, el concluir que finalmente en todo el mundo se cuecen habas.

¡Toma esta Britneyseñal, señor bombero!, Herr Feuermann!

Y allí le paro porque estoy que echo humo por la cabeza y lo que menos deseo en estos momentos es que el bigotón regrese con todo y sus amigos. Que se queden allí en su cuartel, bailando YMCA hasta el amanecer…

 

Y ahora, una canción para aliviar las quemaduras del mal humor. Ésta nunca me falla… o al menos incendia otro tipo de fuegos:

 

 

 

 

Reprise

Lunes, Agosto 18th, 2008

Un amigo me insistió y yo a veces soy la persona más fácil de convencer que existe en este mísero mundo. Hará un mes ya había colgado en el otro blog que poseo esta entrevista que realicé en Barcelona al escritor Rodrigo Fresán para un semanario, y que curiosamente tuvo como escenario la misma terraza de bar en la que un par de meses después me emborraché con Vila-Matas cuando él todavía bebía y yo aún no lo había leído , pero cierto es -y mi citado amigo me insistió con el tema hasta el hartazgo- que casi nadie lee aquel otro blog y ello me hace pensar que los espacios literarios en Internet a veces se asemejan a una de esas gasiloneras en medio de Sonora por la que solamente pasan armadillos y uno que otro trailero saturado de coca u otros estimulantes contra el sueño.

En este espacio, como sea, siempre hay más espacio para la música y por ende tal vez vengan más al caso las reflexiones de Fresán, varias de las cuales todavía me arrancan carcajadas.

p.d. Disculparán la caprichosa tipografía.

JARDINES DE MÚSICA

Una entrevista con Rodrigo Fresán

 

Visiblemente agobiado por el calor, un individuo delgado, alto y de unos cuarenta y tantos, se sienta con parsimonia, como si el tiempo fuese un pariente olvidado, en la terraza de un bar barcelonés y luego, quizá con menos calma, le pide al mesero un bloody mary. Pese a que su último libro publicado, Jardines de Kensington, además de recibir excelentes críticas en España y Latinoamérica, y de haber sido traducido ya para países como Alemania y Francia, y próximamente también para Inglaterra, Rusia y Estados Unidos, entre otros, el hombre que alguna vez dijo: “nací en Argentina, pero espero morir escritor”, el mismo que a últimas fechas ha aceptado el encargo de traducir las “Lyrics 1962-2001”, de Bob Dylan, “para arrepentirme solamente un año y no toda la vida”, ha sido citado en este día en que revientan los termómetros para hablar sobre un tema que aparentemente le es ajeno: La Música. Nadie pudo haber adivinado que tras ese prisma se esconderían un manojo de anécdotas brutales y el testimonio de un melómano agudo e incorregible. Nadie. Quizá sólo él: Rodrigo Fresán.   

 

¿Rodrigo Fresán podría vivir sin música?

No lo sé. De entrada ese tipo de preguntas que te plantean separarte de cosas que ya existen me ponen nervioso, pero creo que sí. Podría vivir sin música, pero no sin libros, si es que existiese esa disyuntiva. Aunque también es cierto que la música ha sido parte inseparable de mi vida, y además existen músicas que, para mí, son partes inseparables de la literatura, que corren completamente parejas.

 

¿Nos podrías dar un ejemplo?

Sí. La canción A Day in the Life, de los Beatles, está en todos mis libros. Su influencia es mucho más clara y fuerte que muchísimas influencias literarias, y lo mismo sucede con Visions of Johanna, de Bob Dylan, o las variaciones Golberg, de Bach, en versión de Glenn Gould… yo creo que a medida que uno va viviendo se va armando el soundtrack de la película de su vida.

 

Y en este sentido, ¿nunca te has planteado cómo sonarían las canciones de Rodrigo Fresán si fueses músico en vez de escritor?

De seguro no se trataría de algo sofisticado, sino más del tipo songwriter, sin estructuras complejas o innovadoras musicalmente hablando. Las canciones se inclinarían por el lado de Leonard Cohen, Warren Zevon, Elliott Smith, o parecidas a las que hace este nuevo compositor que me encanta, Micah P Hinson. Me parece que sería un cantautor del tipo triste.

 

Hasta antes de su lamentable deceso, tú eras uno de los íntimos amigos de Roberto Bolaño. ¿Cómo crees que sonaría su música?

No sé (risas), el gusto de Roberto Bolaño me da un poco de miedo. El último CD que le presté y que no me devolvió, por obvios motivos, fue uno de Morphine que le gustó mucho. En sus últimos tiempos también estaba muy obsesionado con Hank Williams. Pero las dos veces que lo vi musicalmente fervorizado fueron momentos de pánico absoluto: La primera vez fue en la sala de su casa. Roberto puso un disco de El Tri y empezó como a tocar guitarra de aire y a dar unos gritos que me dieron miedo (risas), y para la segunda ocasión, que es todavía más espeluznante, me tocó verlo cantando y bailando El Aserejé completamente enloquecido. Decía que era una obra maestra del pop. Bueno, le gustaba Dylan también. Supongo que su música se parecería a una mezcla de todo esto. Algo Post-atomic.

 

Si tuvieses el poder para hacerlo, ¿Qué canción desparecerías de la faz de la tierra?

Chiquitita, de Abba. Es una cosa terrible para mí porque cuando salió yo vivía en Caracas y se puso de moda, entonces sonaba sin parar. Al poco tiempo nos fuimos a Buenos Aires, en donde todavía estaban los militares. Recuerdo haber pensado que difícilmente se pondría de moda allí, en ese Buenos Aires tan “sofisticado y elegante”, pero justo al bajar del avión y cuando esperaba las maletas, Chiquitita empezó a sonar por los altoparlantes. Para mí Chiquitita es como la música de la dictadura argentina, la asocio inmediatamente con ella, y lo mismo me pasa con Supertramp. Ahora, si pudiese borrar a una persona sería a Celine Dion, con toda y esa fascinación que tiene por ella misma… es como una Barbra Streisand defectuosa.

 

Si alguien quisiera torturarte, obligándote a escuchar un disco una y otra vez, ¿Cuál tendría que poner?

Es fácil, Cuentos de los Mares Topográficos, de Yes. Pero creo que más que tortura sería como un somnífero. Caería inmediatamente dormido a la mitad del lado uno (risas). Para de verdad torturarme, creo que serviría cualquiera de Björk. Se me hace una gran injusticia el haber castigado tantos años a Yoko Ono, para que luego llegue esta mujer y haga exactamente lo mismo. Me rindo ante la gran astucia que ha conseguido como para vender lo que hace en todo el mundo, pero me resulta insoportable.

 

En varias ocasiones has confesado lo mucho que te gustan los Beatles pero, ¿Cuál crees que es su peor canción?

Probablemente, Maxwell’s Silver Hammer. Abbey Road podría ser perfecto si no estuviese esa canción. Para ser justo, tendría que elegir también una de Lennon… además de Revolution #9, que es un capricho absoluto, me inclinaría por Good Morning, Good Morning.

 

También has aceptado ser un fanático de Bob Dylan pero, en caso de que tuviese un enfrentamiento imaginario, a nivel letras, con Leonard Cohen, ¿Quién ganaría?

Dylan, sin lugar a dudas.

 

Pero supongamos que tú no fueses el juez…

Pero es que no hace falta ningún juez. Dylan es el más grande de todos. Es como si pones a pelear a San Pablo con Jehová, algo que ninguna asociación de boxeo permitiría. Dylan es mejor porque sus errores son mucho más apasionantes que los de Cohen. Dylan tiene la velocidad, la fecundidad y esta cosa de estar todo el tiempo en la carretera. La sublimación y el ensalzamiento y la épica de la lentitud de Cohen me fastidian bastante. Sin dudas, Dylan es mi héroe…

 

Un héroe con el que te cruzaste de frente una vez, ¿Podrías contarnos cómo fue?

Sí. Habrá sido en 1996 y Dylan tocaba en Davenport, Iowa. El concierto tenía lugar en un teatro pequeño y, mientras hacía la cola para entrar, conocí a un indio gigantesco de dos metros de ancho por tres de alto que se llamaba Rolling Thunder, nombre que sus padres le habían puesto en honor a la gira que Dylan hizo en 1975, y con la que pasó por algunas reservaciones indias. Total, estábamos viendo el concierto y al final, cuando Dylan tocaba Rainy Day Women, el tipo éste me dijo: “Me voy a subir al escenario”. Le expliqué que no era buena idea, que la seguridad de Dylan era tremenda y que él era muy fóbico y podía parar el concierto. Me dice entonces, “Ven tú conmigo”. Le dije que no, que nos iban a matar. “Tú cuélgate de mi cuello”,  me respondió y claro, al final me colgué y bueno, no veía nada porque tenía la espalda del tipo gigantesco enfrente, y de repente empiezo a escuchar el ¡agghhhh! de la gente y el indio se vino abajo. Lo mataron, pensé, lo mataron y ahora me van a matar a mí. Para mi sorpresa, el indio desapareció de mi campo de visión, me paro, volteo y tengo a Dylan a unos centímetros de mí, tocando y mirándome, y el indio está de rodillas frente a nosotros gritando heee, heee heee, una especie de canto ancestral y Dylan me mira como pidiéndome explicaciones (risas). Te digo que Dylan estaba tocando Rainy Day Women, y nos ponemos a cantar con él. El indio colgado de Dylan, yo colgado de Dylan, y le dije bueno, muchas gracias Bob. Lo peor de todo es que después una multitud de gente invadió el escenario detrás de nosotros. Fue algo bizarro y gracioso al mismo tiempo.

 

¿Tan bizarro como entrevistar a Raphael?

 No hay nada más bizarro que entrevistar a Raphael (risas). Otro grande. A mí me decía que era el Bob Dylan en español y que había cantado la primera canción de protesta de toda la historia. No Raphael, le decía en aquella entrevista, están los spirituals, hay muchas cosas antes. No, no, me respondió, la primera canción de protesta es Digan lo que Digan (risas).

 

Además de Raphael has entrevistado a varios personajes más, como Elliott Smith o Robyn Hitchcock, entre otros, ¿A quién más quisieras entrevistar pero no has tenido la ocasión de hacerlo?

No sé. En algún momento de mi vida me habría encantado entrevistar a Lou Reed y ahora no me interesa para nada. Reed es uno de los músicos que se me han caído por completo. Ahora es una caricatura de sí mismo, como un mal actor haciendo de Lou Reed, y eso de haber descubierto a Edgar Allan Poe a los cincuenta y pico años e imprimirlo en un disco conceptual… por favor. Bowie también habría sido interesante, me gusta mucho como personaje, aunque creo que ya estoy en la edad en que la fantasía de conocer a tus héroes ya no es tan atractiva como antes. Así lo siento.

 

¿Tienes algún recuerdo del 8 de diciembre de 1980, el día en que mataron a John Lennon?

Perfectamente. Estaba en Buenos Aires y bajé a comprar el periódico y leí: Muere Lennon tiroteado, y no sé porqué pero lo primero que pensé es que lo habían matado mientras intentaba robar un banco, me lo imaginé con la máscara y todo, y recibiendo los balazos como en una escena de Peckinpah, a cámara lenta y volando por los aires. Y sí, me afectó mucho. Los Beatles, en mi infancia, son una presencia mucho más constante que la de mis padres.

 

Y hablando de muertes, sé que la pregunta es un tópico pero, ¿has pensado en la música que te gustaría para tu funeral?

Sí, he pensado en eso. Para entrar, me gustaría que pusiesen el Aria de las Variaciones Goldberg, y para la salida, en el Self Portrait, de Dylan, hay una canción instrumental que se llama Wigwam y que es una especie de canción mariachi en la que Dylan casi tararea. Se escuchan unas trompetas, una cosa totalmente absurda que me parece triste pero feliz, ideal para el momento en que me estén cremando o para que los invitados empiecen a beber. Y en medio podrían poner A Day in the Life, para que la gente llore un poco.

 

Por favor, menciona lo primero que se te ocurra para calificar a cada uno de los siguientes personajes:

Marylin Manson. Es un cómic, un súper héroe de cómic.

Roger Waters. Me lo imagino siempre en un diván, es como el psicoanálisis.

Michael Jackson. Es un freak absoluto. Es lo que Marilyn Manson querría ser y nunca va a poder, y alguien que además necesita mucho más el psicoanálisis que Roger Waters (risas).

Keith Richards. Es el retorno de los muertos vivientes.

Brian Wilson. Pobrecito…

 

¿Tienes en mente algún disco que consideres sobrevaluado?

Hablando precisamente de Brian Wilson, creo que el Pet Sounds de los Beach Boys es un disco totalmente sobrevaluado, una cosa completamente… snob, es insoportable. Nadie puede decir que ese disco es bueno.

 

¿Algún otro?

Todos los de Björk. Los que hizo y los que está haciendo y los que va a hacer. Y también a Led Zeppelín como grupo. Nunca pude entender su supuesta maestría. ¡Ah! Y claro, forzosamente tengo que incluir a Jim Morrison y los Doors. Morrison es el ejemplo de la mediocridad hecha épica.

 

Cambiando drásticamente de tema, ¿Qué pasa por tu cabeza cuando escuchas una canción ranchera?

Me gustan mucho. Además, estoy casado con una mexicana… Lo que más me gusta de las rancheras es que son completamente esquizofrénicas. Las letras son completamente sufridas y la música es completamente alegre, así que da la sensación de que el que te habla es un psicópata, y eso me gusta.

 

Y de tu país, la Argentina, ¿Spinetta, Charly o Cerati?

Definitivamente Charly García. A escala, es el Dylan Argentina, exactamente lo mismo. Su obra es igual de revulsiva, de demencial, de talentosa, y además justamente de inexplorada. Nunca tuve nada de Spinetta y bueno, en cuanto a Cerati creo que Soda Stereo era un buen grupo de pop, aunque toda la vida me molestó un poco el hecho de que en sus letras siempre existiera un exceso de palabras terminadas es ión: Obsesión, repulsión, conexión… hay un exceso de iones… pero estaban bien.

 

Para terminar, y volviendo a A Day in the Life, en alguna entrevista confesaste que con tu libro, Jardines de Kensington, pretendías alcanzar algo parecido al famoso crescendo que hay en dicha canción, ¿Qué te gustaría conseguir con el siguiente?

Yo siempre quiero A Day in the Life en todos mis libros, y también el momento ese de Visions of Joahnna cuando Dylan canta: “The ghost of ‘lectricity howls in the bones of her face”, yo siempre traduzco ese verso y lo meto en mis libros de cualquier manera. Siempre busco algún lugar en donde pueda entrar… Creo que ambos son los momentos o epifanías musicales que me gustan que estén en mis libros.   

Miércoles Macabro

Miercoles, Agosto 6th, 2008

A veces me parece que el inicio todo se debe a que el primer autor de quien leí la obra completa fue Edgar Allan Poe. Recuerdo haber leído El Corazón Delator extasiado, con mi corazón bombeando al mismo ritmo e intensidad que aquel que suena en la cabeza del asesino del relato. ¡Pum, pum, pum!, sentía en el pecho, como si un gigante me zapateara el esternón.

Allí despertó, creo, aquel lado macabro al que durante años y años me dediqué a alimentar con documentos de todo tipo: De Lovecraft pasé a Stephen King y entre ellos pasé cuenta de varias compilaciones de Nota Roja que por alguna extraña razón mi padre guardaba en su biblioteca, ello por no mencionar la concienzuda revisión que hice de diversos casos criminales que en el tiempo en que ocurrieron estremecieron a todo México: La Poquianchis, José de Jesús Constanzo (probablemente el primer narcosatánico que alcanzó gran fama), Gilberto Flores Alavez… y por si fuera poco entre libro y libro observé cuanta película de zombis, hombres lobo o vampiros pudiese encontrar en el videoclub, y cuando terminé con ellas me pasé a cosas bastante más fuertes como lo son las cintas gore, splatter y otras que no sé ni qué apellido darles pero que incluían imágenes de ejecuciones reales o matanzas grabadas en vivo por cadenas televisivas –digamos, producto de encontrarse cubriendo alguna guerra- y que éstas, dada su crudeza, no se atrevían a transmitir al aire.

Un día coincidió que en aquella época universitaria se me encargara un trabajo de investigación a entregar en seis meses y enseguida decidí el tema: Asesinos en Serie y fue así como acabé desayunando con Ted Bundy, comiendo con Ed Kemper y cenando con Ed Gein. Los sábados por la noche las cervezas eran en compañía de John Wayne Gacy y los domingos por la tarde, sin duda la hora más melancólica de la semana, el turno era para el viejo Jack, quien no hacía sino hablar de lo cargada que es la niebla en Londres y de lo triste que lo ponían sus calles angostas, tan parecidas al costillar de un carnero… Sería muy injusto negar que me la pasé bomba al principio de la investigación y lo mucho que gozaba con la obsesión que despertó en mí, dotada de un ímpetu que hasta Clarice Starling habría envidiado. Fue tremendamente apasionante el tratar de meterme en la cabeza de estos bizarros personajes, medir sus movimientos, mirarles, lo más que pudiese, los ojos que tenían detrás de los ojos, escuchar las pequeñas voces, de liliputenses o de hormigas, que les llegaban mientras comían la sopa frente a la TV o atendían al cliente en la oficina de banco en que trabajaban, como cualquier mortal.

El proceso fue incluso divertido y me hacía un montón de gracia que amigos y parientes me viesen de lo más raro cuando les hablaba de mi proyecto.  Hasta que empecé a tener sueños raros, sueños que con el paso de los días se transformaron en las peores pesadillas –y los que me conocen saben que soy un hombre de pesadillas tremebundas- que he tenido en la vida. Pesadillas que me hacían despertar gritando y con los tendones endurecidos y con gotas frías como de mercurio deslizándose por mi columna. Yo esperaba que con los días los malos sueños se fueren disipando, que a fuerza de la constante racionalización que hacía de ellos no tuvieren otra opción que desaparecer o volver a las sombras, pero lo cierto es que empeoraron como la salud habitantes de la Casa de Usher, brindándome vez con vez imágenes más terribles, al punto de que llegué a sentirme un adolescente víctima de Freddy Krueger que no halla peor condena que el cerrar los párpados y dormir. 

Y justo cuando pensé en que las cosas habían ido muy lejos y que quizá era momento de pedir ayuda antes de que el insomnio o las pesadillas me enloquecieran, entregué finalmente mi trabajo de seis meses y con ello mis problemas llegaron a su fin como por arte de magia. Dormí como un bebé esa noche, y la siguiente, y la siguiente… Confieso que había olvidado eso, todo aquel particular episodio de mi vida prácticamente por completo hasta la semana pasada, cuando luego de reflexionarlo detenidamente me decidí a ver el primer episodio de Dexter, serie de televisión que pretende retratar la vida de un asesino en serie que mata, curiosamente, a otros asesinos.

Y así fue que recordé que hubo una ocasión en mi vida en que los temas macabros me fueron sumamente atrayentes. E incluso me vinieron a la mente pequeños, ínfimos y aparentemente insignificantes detalles, como el que la canción que a continuación podrán escuchar –y ver- era la que oía en su auto una de las víctimas de David Berkowitz, mejor conocido como El Hijo de Sam, justo antes de que una bala lo rompiera.

Lo cito como un ejemplo de las ironías de la vida, creo yo. Ironías que espero que sean la fórmula adecuada para alejar de mí aquellos sueños que alguna vez observé de tan cerca que pude respirarlos, percibir su olor a grito, su podredumbre. Sueños gestados en el fondo de la oscuridad, dotados de un color indefinible, un color que pudiera ser un no color o un anti-color. El mal.