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Archive for Septiembre, 2008

NUEVO BLOG DE CINE

Lunes, Septiembre 29th, 2008

He tenido el honor de ser invitado por la revista Cine Premiere, para la cual colaboro con la columna Círculos Perfectos desde hace muchos años, en formar parte del grupo de “blogueros” de su página web renovada: www.premiere.com.mx

El título de este nuevo espacio es Kino Central y lo encuentran accediendo primero en el menú principal a la sección de Comunidad y luego sencillamente “cliqueando” en el referido espacio. Kino Central es, por cierto, el nombre de uno de los cines más míticos de la capital alemana.

Quienes aquí me leen se encuentran invitados a buscarme también allí.

Disculpen, por favor, tanta  solemnidad. El otoño más triste de los otoños ha entrado ya en Berlín y no ando con humor de echar cuetes y fanfarrias.  Es, eso sí, harto cinematográfico.

Y lo filmo con la cámara del alma.

Jueves, Septiembre 18th, 2008

Hoy por la mañana me sentí un poco lo que sé que soy a veces: Un imbécil con una pluma. La sensación me duró al menos una hora, tiempo en el lo único que hice, o lo único que me parece que hice, fue quedármele viendo a un niño muy rubio y muy sano que gritaba Vater!, Vater! (¡padre!, ¡padre!) mientras corría detrás de las palomas para asustarlas. Soltaba carcajadas que parecían salidas de una máquina de hacer carcajadas y que sonaban como de un niño más grande, uno que se halla al umbral de la adolescencia pero no, este infante tendría apenas tres años y sus piecitos de playmobil, de azúcar, trastabillaban aún en cada mini zancada. Mientras lo miraba trataba de recordar cómo sería yo a esa edad, si acaso a mí también me daba por hacerme el lobo que caza a los pájaros y los persigue por un paraje verde, si mi papá velaba mis corretizas caminando a mi lado con las manos enguantadas y el porte elegante, si el tiempo, mi tiempo de ese entonces, de ese México mío, era siquiera un poco parecido a este tiempo tan peculiar de Berlín que es como de película o de libro, o como el tiempo enrarecido de un libro que uno ya ha leído y que es adaptado a película con lo que ya ningún personaje es como lo habíamos imaginado sino parte de un conjunto de desconocidos, mentirosos, impostores.

Pensé en todo esto y por ello, o por el viento que de repente se hizo más frío y de filo de navaja, o porque me dio la gana, de repente me entristecí y no sólo eso: mi tristeza se hizo más tensa y más profunda cuando me di cuenta de que el niño al que veía, el niño que reía, el niño que en sus pies torpes encerraba la vida misma, había dejado de ser una encantadora y diminuta criatura de pelo platino para convertirse en lo que en realidad era: un extraño más.

Y entonces me abracé a mí mismo como se abrazan a sí mismos los locos y las anoréxicas y los monos, y luego, respirando hondo, por fin realicé lo que me había prometido hacer, aquello que me obligó a salir de casa: Fijar la vista en el cielo para pensar, recordar, restituir, rememorar, ese viaje a Morelia que nunca hice, que probablemente ya no haré.

Al menos ya no a esa Morelia.

Lo dije. Soy un imbécil. Un imbécil con una pluma. 

 

Noticia

Lunes, Septiembre 15th, 2008

Por lo general no comunico noticias de diarios. Esta vez me vi forzado a hacer una excepción:

http://www.elpais.com/articulo/gente/mujer/usurpa/identidad/hija/ser/animadora/instituto/elpepugen/20080915elpepuage_3/Tes

En Berlín

Jueves, Septiembre 11th, 2008

Se me ha preguntado hasta el hartazgo… ¡pero qué digo! Más bien se me ha recriminado más de una vez el que, aun estando en Berlín nunca hablo de ella. No de mi Berlín, que bien sabemos que para mí a veces es una señora avejentada que solamente relata cuentos tapizados de angustias o dicta infalibles fórmulas para esfumarse, sino de aquella que está afuera de mi cabeza y de mi casa y de mis cuadernos en blanco. Esa Berlín de todos los días en la que se puede caminar sobre cuerpos de borrachos pensionados y que huele a hierro y a pasado y a los eructos de Klaus Kinsky, que no sé porqué pero continúan encapsulados en el aire. Esa Berlín de calles abiertas que son como arterias de un gigante disecado y por donde corren vientos fríos y quizá algo radioactivos procedentes de Rusia. La Berlín de esos pacíficos y pintorescos multi-kulti y de aquellos agresivos neonazis y de cientos y cientos de españoles que no dejan de llegar en grupos grandes, dispuestos a tomar la capital alemana en venganza por la pérdida de Mallorca en manos de rubios cerveceros y amantes de la fiesta y el tecno.

Esa Berlín que, en resumen, no es la mía.

Pero, a pesar de mi hermetismo, de haberme resignado a un pequeño y apacible retiro desde que pisé estas tierras, poseo aún algunas influencias, contactos, enchufes, amigos y amigas que me cuentan de lo que se vive allá, debajo de mi balcón, del otro lado de mis ventanas, aquellas por las que ahora se escurre el sol de otoño. En honor a ellos he decidido exponer dos muestras de lo que ahora se hace en Berlín y que, según me han informado, es considerado de lo más “in” por sus pobladores, sobre todo los más jóvenes e inquietos.

Un chico con peculiares habilidades bucales:

Y unos grafiteros que hasta donde sé no son berlineses, ni siquiera alemanes, pero han dejado su impronta sobre varias paredes de mi barrio. Como sea, la verdad la animación me pareció bastante buena:

Y ahora vuelvo a lo mío. No sea que me den ganas de abandonar este pequeño pero productivo periodo monacal.

Tal vez simplemente me estoy haciendo viejo.

De Caca y otras Poesías (o breve anécdota escatológica)

Viernes, Septiembre 5th, 2008

No lo voy a quemar (¡y vaya que tal verbo viene a cuento!), así que llamaré a Roberto solamente R. Enjuto y de frente amplia, lo que según él se debe a que sus pensamientos necesitan más espacio que los de otros, R. continúa siendo el vivo retrato del vecinito que hace más de veinte años nos tocó un día el timbre a mi hermano y a mí para ir a jugar tochito con otros escuincles en el parque de la esquina. No ha cambiado nada. Y cuando digo NADA es en verdad NADA. Es más, su frente ya era así de prominente desde entonces y aquella altura y corpulencia propia de un niño que embarneció antes de lo debido continúa incólume, con lo que si antes parecía un infante demasiado desarrollado para su edad ahora ha pasado a ser un adulto en extremo niñato. Pero bueno, eso en realidad me tiene sin cuidado. Ya se sabe que hay gente, individuos compuestos por conjuntos de células anarquistas que se niegan a envejecer y R. sin duda es uno de esos raros especímenes (o especimenes, la palabra también tiene su toque anarquista). Y eso está bien. Me congratulo porque hasta el fin de mis días me bastará verlo para saber que algún día fui joven. Lo que en verdad no entiendo de R. es que aún ahora, aun casado y con un hijo que se llama como él y que es además su vivo retrato, con todo y esas entradas que presumen una simetría desconcertante, continúa buscando, como desde que lo conocí, y hace quince, diez, cinco años, cualquier pretexto para hablarme –y es que no sé si así sea con todos sus amigos-, sobre aquel que estoy seguro que es su tema favorito: su mierda. Sí, por bizarro que parezca, R. es un amante de hablar de su caca, un amante por demás perdido, pues cuando habla sobre ella se exalta y como que habla más fuerte y sus ademanes, por lo general los mismos que tendría un zombi, se vuelven tan enérgicos como los de un político fascista en campaña. Así es, por más disgustante y asqueroso que parezca -a mí antes que cualquier cosa me produce incredulidad, salpicada, eso sí, de cierta fascinación-, R. habla sobre las cualidades de sus heces con la afluencia y soltura con que filósofos modernos citan pasajes de Wittgenstein, estudiosos de la literatura de la desaparición evocan a Melville o fanáticos del tenis rememoran los furiosos reveses de McEnroe. Y no sólo eso: cuando por desgracia, ya por considerado, ya presa de la distracción, no lo paro en seco, o cuando, como no creyéndolo, me río por compromiso o meneo la cabeza como suelo hacerlo en las veces en que, sin importar con quien esté, se toca un tema que me parece interesante, corro el riesgo de que R. me inste a aceptar su invitación de ver su trofeo del día siguiente. “Vente después de desayunar para que te percates del poder de mis mojones”, me dice sin falta, como relojito, cada vez que voy a México y le hago una visita. Lo dice, eso sí, a escondidas de su esposa, criatura a la que compadezco a más no poder, y quien parece ignorar por completo –al menos eso espero- la cacafilia –porque no lo suyo no es coprofilia, pues hasta donde yo sepa tan particular afición no lo estimula sexualmente-, de su marido. Ahora ya ambos sabemos que, al menos desde que dejé de vivir en México, tal propuesta marca infaliblemente el momento de mi despedida entre risas y francas mentadas de madre, como ocurrió aquella vez en que, siendo más jóvenes, nos engatusó a mi hermano y a mí, aún no sé cómo, para atestiguar la buena condición en que se hallaban sus intestinos.

Y pensar que, como exitoso alto ejecutivo de banco que es, en la normalidad R. no hace sino hablar de números y posibilidades de inversión y compra y venta de acciones. Ideas que, para su poca fortuna, no puede ni podrá jamás cagar.

Nota: Y por supuesto que R. no es el único que se entretiene hablando de su caca. La lista de hombres y mujeres bien habidos que conozco y que comparten tal afición es cada vez más larga. Pero descansen tranquilos. Hoy no serán embarrados.

Y para cerrar al menos con algo de elegancia, he aquí una conocida muestra de que el rey no va solo únicamente “allí”,