Inicio Registro

De Caca y otras Poesías (o breve anécdota escatológica)

No lo voy a quemar (¡y vaya que tal verbo viene a cuento!), así que llamaré a Roberto solamente R. Enjuto y de frente amplia, lo que según él se debe a que sus pensamientos necesitan más espacio que los de otros, R. continúa siendo el vivo retrato del vecinito que hace más de veinte años nos tocó un día el timbre a mi hermano y a mí para ir a jugar tochito con otros escuincles en el parque de la esquina. No ha cambiado nada. Y cuando digo NADA es en verdad NADA. Es más, su frente ya era así de prominente desde entonces y aquella altura y corpulencia propia de un niño que embarneció antes de lo debido continúa incólume, con lo que si antes parecía un infante demasiado desarrollado para su edad ahora ha pasado a ser un adulto en extremo niñato. Pero bueno, eso en realidad me tiene sin cuidado. Ya se sabe que hay gente, individuos compuestos por conjuntos de células anarquistas que se niegan a envejecer y R. sin duda es uno de esos raros especímenes (o especimenes, la palabra también tiene su toque anarquista). Y eso está bien. Me congratulo porque hasta el fin de mis días me bastará verlo para saber que algún día fui joven. Lo que en verdad no entiendo de R. es que aún ahora, aun casado y con un hijo que se llama como él y que es además su vivo retrato, con todo y esas entradas que presumen una simetría desconcertante, continúa buscando, como desde que lo conocí, y hace quince, diez, cinco años, cualquier pretexto para hablarme –y es que no sé si así sea con todos sus amigos-, sobre aquel que estoy seguro que es su tema favorito: su mierda. Sí, por bizarro que parezca, R. es un amante de hablar de su caca, un amante por demás perdido, pues cuando habla sobre ella se exalta y como que habla más fuerte y sus ademanes, por lo general los mismos que tendría un zombi, se vuelven tan enérgicos como los de un político fascista en campaña. Así es, por más disgustante y asqueroso que parezca -a mí antes que cualquier cosa me produce incredulidad, salpicada, eso sí, de cierta fascinación-, R. habla sobre las cualidades de sus heces con la afluencia y soltura con que filósofos modernos citan pasajes de Wittgenstein, estudiosos de la literatura de la desaparición evocan a Melville o fanáticos del tenis rememoran los furiosos reveses de McEnroe. Y no sólo eso: cuando por desgracia, ya por considerado, ya presa de la distracción, no lo paro en seco, o cuando, como no creyéndolo, me río por compromiso o meneo la cabeza como suelo hacerlo en las veces en que, sin importar con quien esté, se toca un tema que me parece interesante, corro el riesgo de que R. me inste a aceptar su invitación de ver su trofeo del día siguiente. “Vente después de desayunar para que te percates del poder de mis mojones”, me dice sin falta, como relojito, cada vez que voy a México y le hago una visita. Lo dice, eso sí, a escondidas de su esposa, criatura a la que compadezco a más no poder, y quien parece ignorar por completo –al menos eso espero- la cacafilia –porque no lo suyo no es coprofilia, pues hasta donde yo sepa tan particular afición no lo estimula sexualmente-, de su marido. Ahora ya ambos sabemos que, al menos desde que dejé de vivir en México, tal propuesta marca infaliblemente el momento de mi despedida entre risas y francas mentadas de madre, como ocurrió aquella vez en que, siendo más jóvenes, nos engatusó a mi hermano y a mí, aún no sé cómo, para atestiguar la buena condición en que se hallaban sus intestinos.

Y pensar que, como exitoso alto ejecutivo de banco que es, en la normalidad R. no hace sino hablar de números y posibilidades de inversión y compra y venta de acciones. Ideas que, para su poca fortuna, no puede ni podrá jamás cagar.

Nota: Y por supuesto que R. no es el único que se entretiene hablando de su caca. La lista de hombres y mujeres bien habidos que conozco y que comparten tal afición es cada vez más larga. Pero descansen tranquilos. Hoy no serán embarrados.

Y para cerrar al menos con algo de elegancia, he aquí una conocida muestra de que el rey no va solo únicamente “allí”,

4 Responses to “De Caca y otras Poesías (o breve anécdota escatológica)”

  1. Arimatea Says:

    JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ
    JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ

    NOS QUEDO A MUCHOS EL SACO

    JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ
    JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ

    UN ABRAZO PROF

  2. ana serrano Says:

    Muchas gracias Cj…. No, no lo quemaste, lo diluiste en ácido. Ah, y ya me salió sangre por el pedradón, ahora si que me puse el saco. Ten cuidado con eso de que todo mundo te habla de sus mierdas, puedes terminar por embarrarte y después te van a decir el cagado.

  3. perrozombie Says:

    efectivamente… por todos lados nos llegará la caca de todos… el problema es cuando uno escucha tanto de cacas, que comienza a apestarse de ellas…

  4. Laura Says:

    hola le escribo porq lo vi en la televi´sion alemana hablando sobre tailandia, me parecio interesante el programa. Por aquí lo leere. Saludos!

Leave a Reply