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Archive for the 'Uncategorized' Category

De Caca y otras Poesías (o breve anécdota escatológica)

Viernes, Septiembre 5th, 2008

No lo voy a quemar (¡y vaya que tal verbo viene a cuento!), así que llamaré a Roberto solamente R. Enjuto y de frente amplia, lo que según él se debe a que sus pensamientos necesitan más espacio que los de otros, R. continúa siendo el vivo retrato del vecinito que hace más de veinte años nos tocó un día el timbre a mi hermano y a mí para ir a jugar tochito con otros escuincles en el parque de la esquina. No ha cambiado nada. Y cuando digo NADA es en verdad NADA. Es más, su frente ya era así de prominente desde entonces y aquella altura y corpulencia propia de un niño que embarneció antes de lo debido continúa incólume, con lo que si antes parecía un infante demasiado desarrollado para su edad ahora ha pasado a ser un adulto en extremo niñato. Pero bueno, eso en realidad me tiene sin cuidado. Ya se sabe que hay gente, individuos compuestos por conjuntos de células anarquistas que se niegan a envejecer y R. sin duda es uno de esos raros especímenes (o especimenes, la palabra también tiene su toque anarquista). Y eso está bien. Me congratulo porque hasta el fin de mis días me bastará verlo para saber que algún día fui joven. Lo que en verdad no entiendo de R. es que aún ahora, aun casado y con un hijo que se llama como él y que es además su vivo retrato, con todo y esas entradas que presumen una simetría desconcertante, continúa buscando, como desde que lo conocí, y hace quince, diez, cinco años, cualquier pretexto para hablarme –y es que no sé si así sea con todos sus amigos-, sobre aquel que estoy seguro que es su tema favorito: su mierda. Sí, por bizarro que parezca, R. es un amante de hablar de su caca, un amante por demás perdido, pues cuando habla sobre ella se exalta y como que habla más fuerte y sus ademanes, por lo general los mismos que tendría un zombi, se vuelven tan enérgicos como los de un político fascista en campaña. Así es, por más disgustante y asqueroso que parezca -a mí antes que cualquier cosa me produce incredulidad, salpicada, eso sí, de cierta fascinación-, R. habla sobre las cualidades de sus heces con la afluencia y soltura con que filósofos modernos citan pasajes de Wittgenstein, estudiosos de la literatura de la desaparición evocan a Melville o fanáticos del tenis rememoran los furiosos reveses de McEnroe. Y no sólo eso: cuando por desgracia, ya por considerado, ya presa de la distracción, no lo paro en seco, o cuando, como no creyéndolo, me río por compromiso o meneo la cabeza como suelo hacerlo en las veces en que, sin importar con quien esté, se toca un tema que me parece interesante, corro el riesgo de que R. me inste a aceptar su invitación de ver su trofeo del día siguiente. “Vente después de desayunar para que te percates del poder de mis mojones”, me dice sin falta, como relojito, cada vez que voy a México y le hago una visita. Lo dice, eso sí, a escondidas de su esposa, criatura a la que compadezco a más no poder, y quien parece ignorar por completo –al menos eso espero- la cacafilia –porque no lo suyo no es coprofilia, pues hasta donde yo sepa tan particular afición no lo estimula sexualmente-, de su marido. Ahora ya ambos sabemos que, al menos desde que dejé de vivir en México, tal propuesta marca infaliblemente el momento de mi despedida entre risas y francas mentadas de madre, como ocurrió aquella vez en que, siendo más jóvenes, nos engatusó a mi hermano y a mí, aún no sé cómo, para atestiguar la buena condición en que se hallaban sus intestinos.

Y pensar que, como exitoso alto ejecutivo de banco que es, en la normalidad R. no hace sino hablar de números y posibilidades de inversión y compra y venta de acciones. Ideas que, para su poca fortuna, no puede ni podrá jamás cagar.

Nota: Y por supuesto que R. no es el único que se entretiene hablando de su caca. La lista de hombres y mujeres bien habidos que conozco y que comparten tal afición es cada vez más larga. Pero descansen tranquilos. Hoy no serán embarrados.

Y para cerrar al menos con algo de elegancia, he aquí una conocida muestra de que el rey no va solo únicamente “allí”,

El día del bombero

Miercoles, Agosto 27th, 2008

Era un tipo alto, grande, y con bigote de brocha gorda al revés. Sin pelo y con el cráneo rojo, como lo tienen la mitad de los alemanes. Lo odié porque, por más que le pedí que me hablara lento y pausado como a un niño, de su boca saló un tornado de palabras, uno por cierto tan atropellado que al final y sin saber bien porqué me comprometí –y con ello a la nuca, quien todavía no sabe nada y recibirá la noticia con el gusto con que se recibe una llamarada- a aportar diez euros mensuales para el honorable (esto ya lo comienzo a dudar) cuerpo de bomberos de Kreuzberg.

Siento, en resumen, que abusaron de mí. De mi ignorancia, de mi mal alemán, de mi cara de hámster, de mi inocencia, que aún tengo algo de ella escondida entre los huesos. Y eso no me gusta en lo más mínimo. Digo, es cosa segura que la nuca y yo hubiésemos convenido en aportar para la causa, y quizá también esos mentados diez euros, ¿por qué no? A final de cuentas, y aunque yo no los he visto hasta el momento, habrá uno que otro incendio en Berlín y con ello la función de estos corpulentos hombres será bastante más arriesgada –esto sí que lo he visto- que bajar mininos de los olmos antes de que las abuelitas propietarias de los animales mueran de una apoplejía. Sin ir más allá: yo, como todos, también soñaba con ser bombero cuando tenía cinco años. Si bien, insisto, lo que enfada es esta sensación de que me vieron la cara, el concluir que finalmente en todo el mundo se cuecen habas.

¡Toma esta Britneyseñal, señor bombero!, Herr Feuermann!

Y allí le paro porque estoy que echo humo por la cabeza y lo que menos deseo en estos momentos es que el bigotón regrese con todo y sus amigos. Que se queden allí en su cuartel, bailando YMCA hasta el amanecer…

 

Y ahora, una canción para aliviar las quemaduras del mal humor. Ésta nunca me falla… o al menos incendia otro tipo de fuegos:

 

 

 

 

Reprise

Lunes, Agosto 18th, 2008

Un amigo me insistió y yo a veces soy la persona más fácil de convencer que existe en este mísero mundo. Hará un mes ya había colgado en el otro blog que poseo esta entrevista que realicé en Barcelona al escritor Rodrigo Fresán para un semanario, y que curiosamente tuvo como escenario la misma terraza de bar en la que un par de meses después me emborraché con Vila-Matas cuando él todavía bebía y yo aún no lo había leído , pero cierto es -y mi citado amigo me insistió con el tema hasta el hartazgo- que casi nadie lee aquel otro blog y ello me hace pensar que los espacios literarios en Internet a veces se asemejan a una de esas gasiloneras en medio de Sonora por la que solamente pasan armadillos y uno que otro trailero saturado de coca u otros estimulantes contra el sueño.

En este espacio, como sea, siempre hay más espacio para la música y por ende tal vez vengan más al caso las reflexiones de Fresán, varias de las cuales todavía me arrancan carcajadas.

p.d. Disculparán la caprichosa tipografía.

JARDINES DE MÚSICA

Una entrevista con Rodrigo Fresán

 

Visiblemente agobiado por el calor, un individuo delgado, alto y de unos cuarenta y tantos, se sienta con parsimonia, como si el tiempo fuese un pariente olvidado, en la terraza de un bar barcelonés y luego, quizá con menos calma, le pide al mesero un bloody mary. Pese a que su último libro publicado, Jardines de Kensington, además de recibir excelentes críticas en España y Latinoamérica, y de haber sido traducido ya para países como Alemania y Francia, y próximamente también para Inglaterra, Rusia y Estados Unidos, entre otros, el hombre que alguna vez dijo: “nací en Argentina, pero espero morir escritor”, el mismo que a últimas fechas ha aceptado el encargo de traducir las “Lyrics 1962-2001”, de Bob Dylan, “para arrepentirme solamente un año y no toda la vida”, ha sido citado en este día en que revientan los termómetros para hablar sobre un tema que aparentemente le es ajeno: La Música. Nadie pudo haber adivinado que tras ese prisma se esconderían un manojo de anécdotas brutales y el testimonio de un melómano agudo e incorregible. Nadie. Quizá sólo él: Rodrigo Fresán.   

 

¿Rodrigo Fresán podría vivir sin música?

No lo sé. De entrada ese tipo de preguntas que te plantean separarte de cosas que ya existen me ponen nervioso, pero creo que sí. Podría vivir sin música, pero no sin libros, si es que existiese esa disyuntiva. Aunque también es cierto que la música ha sido parte inseparable de mi vida, y además existen músicas que, para mí, son partes inseparables de la literatura, que corren completamente parejas.

 

¿Nos podrías dar un ejemplo?

Sí. La canción A Day in the Life, de los Beatles, está en todos mis libros. Su influencia es mucho más clara y fuerte que muchísimas influencias literarias, y lo mismo sucede con Visions of Johanna, de Bob Dylan, o las variaciones Golberg, de Bach, en versión de Glenn Gould… yo creo que a medida que uno va viviendo se va armando el soundtrack de la película de su vida.

 

Y en este sentido, ¿nunca te has planteado cómo sonarían las canciones de Rodrigo Fresán si fueses músico en vez de escritor?

De seguro no se trataría de algo sofisticado, sino más del tipo songwriter, sin estructuras complejas o innovadoras musicalmente hablando. Las canciones se inclinarían por el lado de Leonard Cohen, Warren Zevon, Elliott Smith, o parecidas a las que hace este nuevo compositor que me encanta, Micah P Hinson. Me parece que sería un cantautor del tipo triste.

 

Hasta antes de su lamentable deceso, tú eras uno de los íntimos amigos de Roberto Bolaño. ¿Cómo crees que sonaría su música?

No sé (risas), el gusto de Roberto Bolaño me da un poco de miedo. El último CD que le presté y que no me devolvió, por obvios motivos, fue uno de Morphine que le gustó mucho. En sus últimos tiempos también estaba muy obsesionado con Hank Williams. Pero las dos veces que lo vi musicalmente fervorizado fueron momentos de pánico absoluto: La primera vez fue en la sala de su casa. Roberto puso un disco de El Tri y empezó como a tocar guitarra de aire y a dar unos gritos que me dieron miedo (risas), y para la segunda ocasión, que es todavía más espeluznante, me tocó verlo cantando y bailando El Aserejé completamente enloquecido. Decía que era una obra maestra del pop. Bueno, le gustaba Dylan también. Supongo que su música se parecería a una mezcla de todo esto. Algo Post-atomic.

 

Si tuvieses el poder para hacerlo, ¿Qué canción desparecerías de la faz de la tierra?

Chiquitita, de Abba. Es una cosa terrible para mí porque cuando salió yo vivía en Caracas y se puso de moda, entonces sonaba sin parar. Al poco tiempo nos fuimos a Buenos Aires, en donde todavía estaban los militares. Recuerdo haber pensado que difícilmente se pondría de moda allí, en ese Buenos Aires tan “sofisticado y elegante”, pero justo al bajar del avión y cuando esperaba las maletas, Chiquitita empezó a sonar por los altoparlantes. Para mí Chiquitita es como la música de la dictadura argentina, la asocio inmediatamente con ella, y lo mismo me pasa con Supertramp. Ahora, si pudiese borrar a una persona sería a Celine Dion, con toda y esa fascinación que tiene por ella misma… es como una Barbra Streisand defectuosa.

 

Si alguien quisiera torturarte, obligándote a escuchar un disco una y otra vez, ¿Cuál tendría que poner?

Es fácil, Cuentos de los Mares Topográficos, de Yes. Pero creo que más que tortura sería como un somnífero. Caería inmediatamente dormido a la mitad del lado uno (risas). Para de verdad torturarme, creo que serviría cualquiera de Björk. Se me hace una gran injusticia el haber castigado tantos años a Yoko Ono, para que luego llegue esta mujer y haga exactamente lo mismo. Me rindo ante la gran astucia que ha conseguido como para vender lo que hace en todo el mundo, pero me resulta insoportable.

 

En varias ocasiones has confesado lo mucho que te gustan los Beatles pero, ¿Cuál crees que es su peor canción?

Probablemente, Maxwell’s Silver Hammer. Abbey Road podría ser perfecto si no estuviese esa canción. Para ser justo, tendría que elegir también una de Lennon… además de Revolution #9, que es un capricho absoluto, me inclinaría por Good Morning, Good Morning.

 

También has aceptado ser un fanático de Bob Dylan pero, en caso de que tuviese un enfrentamiento imaginario, a nivel letras, con Leonard Cohen, ¿Quién ganaría?

Dylan, sin lugar a dudas.

 

Pero supongamos que tú no fueses el juez…

Pero es que no hace falta ningún juez. Dylan es el más grande de todos. Es como si pones a pelear a San Pablo con Jehová, algo que ninguna asociación de boxeo permitiría. Dylan es mejor porque sus errores son mucho más apasionantes que los de Cohen. Dylan tiene la velocidad, la fecundidad y esta cosa de estar todo el tiempo en la carretera. La sublimación y el ensalzamiento y la épica de la lentitud de Cohen me fastidian bastante. Sin dudas, Dylan es mi héroe…

 

Un héroe con el que te cruzaste de frente una vez, ¿Podrías contarnos cómo fue?

Sí. Habrá sido en 1996 y Dylan tocaba en Davenport, Iowa. El concierto tenía lugar en un teatro pequeño y, mientras hacía la cola para entrar, conocí a un indio gigantesco de dos metros de ancho por tres de alto que se llamaba Rolling Thunder, nombre que sus padres le habían puesto en honor a la gira que Dylan hizo en 1975, y con la que pasó por algunas reservaciones indias. Total, estábamos viendo el concierto y al final, cuando Dylan tocaba Rainy Day Women, el tipo éste me dijo: “Me voy a subir al escenario”. Le expliqué que no era buena idea, que la seguridad de Dylan era tremenda y que él era muy fóbico y podía parar el concierto. Me dice entonces, “Ven tú conmigo”. Le dije que no, que nos iban a matar. “Tú cuélgate de mi cuello”,  me respondió y claro, al final me colgué y bueno, no veía nada porque tenía la espalda del tipo gigantesco enfrente, y de repente empiezo a escuchar el ¡agghhhh! de la gente y el indio se vino abajo. Lo mataron, pensé, lo mataron y ahora me van a matar a mí. Para mi sorpresa, el indio desapareció de mi campo de visión, me paro, volteo y tengo a Dylan a unos centímetros de mí, tocando y mirándome, y el indio está de rodillas frente a nosotros gritando heee, heee heee, una especie de canto ancestral y Dylan me mira como pidiéndome explicaciones (risas). Te digo que Dylan estaba tocando Rainy Day Women, y nos ponemos a cantar con él. El indio colgado de Dylan, yo colgado de Dylan, y le dije bueno, muchas gracias Bob. Lo peor de todo es que después una multitud de gente invadió el escenario detrás de nosotros. Fue algo bizarro y gracioso al mismo tiempo.

 

¿Tan bizarro como entrevistar a Raphael?

 No hay nada más bizarro que entrevistar a Raphael (risas). Otro grande. A mí me decía que era el Bob Dylan en español y que había cantado la primera canción de protesta de toda la historia. No Raphael, le decía en aquella entrevista, están los spirituals, hay muchas cosas antes. No, no, me respondió, la primera canción de protesta es Digan lo que Digan (risas).

 

Además de Raphael has entrevistado a varios personajes más, como Elliott Smith o Robyn Hitchcock, entre otros, ¿A quién más quisieras entrevistar pero no has tenido la ocasión de hacerlo?

No sé. En algún momento de mi vida me habría encantado entrevistar a Lou Reed y ahora no me interesa para nada. Reed es uno de los músicos que se me han caído por completo. Ahora es una caricatura de sí mismo, como un mal actor haciendo de Lou Reed, y eso de haber descubierto a Edgar Allan Poe a los cincuenta y pico años e imprimirlo en un disco conceptual… por favor. Bowie también habría sido interesante, me gusta mucho como personaje, aunque creo que ya estoy en la edad en que la fantasía de conocer a tus héroes ya no es tan atractiva como antes. Así lo siento.

 

¿Tienes algún recuerdo del 8 de diciembre de 1980, el día en que mataron a John Lennon?

Perfectamente. Estaba en Buenos Aires y bajé a comprar el periódico y leí: Muere Lennon tiroteado, y no sé porqué pero lo primero que pensé es que lo habían matado mientras intentaba robar un banco, me lo imaginé con la máscara y todo, y recibiendo los balazos como en una escena de Peckinpah, a cámara lenta y volando por los aires. Y sí, me afectó mucho. Los Beatles, en mi infancia, son una presencia mucho más constante que la de mis padres.

 

Y hablando de muertes, sé que la pregunta es un tópico pero, ¿has pensado en la música que te gustaría para tu funeral?

Sí, he pensado en eso. Para entrar, me gustaría que pusiesen el Aria de las Variaciones Goldberg, y para la salida, en el Self Portrait, de Dylan, hay una canción instrumental que se llama Wigwam y que es una especie de canción mariachi en la que Dylan casi tararea. Se escuchan unas trompetas, una cosa totalmente absurda que me parece triste pero feliz, ideal para el momento en que me estén cremando o para que los invitados empiecen a beber. Y en medio podrían poner A Day in the Life, para que la gente llore un poco.

 

Por favor, menciona lo primero que se te ocurra para calificar a cada uno de los siguientes personajes:

Marylin Manson. Es un cómic, un súper héroe de cómic.

Roger Waters. Me lo imagino siempre en un diván, es como el psicoanálisis.

Michael Jackson. Es un freak absoluto. Es lo que Marilyn Manson querría ser y nunca va a poder, y alguien que además necesita mucho más el psicoanálisis que Roger Waters (risas).

Keith Richards. Es el retorno de los muertos vivientes.

Brian Wilson. Pobrecito…

 

¿Tienes en mente algún disco que consideres sobrevaluado?

Hablando precisamente de Brian Wilson, creo que el Pet Sounds de los Beach Boys es un disco totalmente sobrevaluado, una cosa completamente… snob, es insoportable. Nadie puede decir que ese disco es bueno.

 

¿Algún otro?

Todos los de Björk. Los que hizo y los que está haciendo y los que va a hacer. Y también a Led Zeppelín como grupo. Nunca pude entender su supuesta maestría. ¡Ah! Y claro, forzosamente tengo que incluir a Jim Morrison y los Doors. Morrison es el ejemplo de la mediocridad hecha épica.

 

Cambiando drásticamente de tema, ¿Qué pasa por tu cabeza cuando escuchas una canción ranchera?

Me gustan mucho. Además, estoy casado con una mexicana… Lo que más me gusta de las rancheras es que son completamente esquizofrénicas. Las letras son completamente sufridas y la música es completamente alegre, así que da la sensación de que el que te habla es un psicópata, y eso me gusta.

 

Y de tu país, la Argentina, ¿Spinetta, Charly o Cerati?

Definitivamente Charly García. A escala, es el Dylan Argentina, exactamente lo mismo. Su obra es igual de revulsiva, de demencial, de talentosa, y además justamente de inexplorada. Nunca tuve nada de Spinetta y bueno, en cuanto a Cerati creo que Soda Stereo era un buen grupo de pop, aunque toda la vida me molestó un poco el hecho de que en sus letras siempre existiera un exceso de palabras terminadas es ión: Obsesión, repulsión, conexión… hay un exceso de iones… pero estaban bien.

 

Para terminar, y volviendo a A Day in the Life, en alguna entrevista confesaste que con tu libro, Jardines de Kensington, pretendías alcanzar algo parecido al famoso crescendo que hay en dicha canción, ¿Qué te gustaría conseguir con el siguiente?

Yo siempre quiero A Day in the Life en todos mis libros, y también el momento ese de Visions of Joahnna cuando Dylan canta: “The ghost of ‘lectricity howls in the bones of her face”, yo siempre traduzco ese verso y lo meto en mis libros de cualquier manera. Siempre busco algún lugar en donde pueda entrar… Creo que ambos son los momentos o epifanías musicales que me gustan que estén en mis libros.   

Miércoles Macabro

Miercoles, Agosto 6th, 2008

A veces me parece que el inicio todo se debe a que el primer autor de quien leí la obra completa fue Edgar Allan Poe. Recuerdo haber leído El Corazón Delator extasiado, con mi corazón bombeando al mismo ritmo e intensidad que aquel que suena en la cabeza del asesino del relato. ¡Pum, pum, pum!, sentía en el pecho, como si un gigante me zapateara el esternón.

Allí despertó, creo, aquel lado macabro al que durante años y años me dediqué a alimentar con documentos de todo tipo: De Lovecraft pasé a Stephen King y entre ellos pasé cuenta de varias compilaciones de Nota Roja que por alguna extraña razón mi padre guardaba en su biblioteca, ello por no mencionar la concienzuda revisión que hice de diversos casos criminales que en el tiempo en que ocurrieron estremecieron a todo México: La Poquianchis, José de Jesús Constanzo (probablemente el primer narcosatánico que alcanzó gran fama), Gilberto Flores Alavez… y por si fuera poco entre libro y libro observé cuanta película de zombis, hombres lobo o vampiros pudiese encontrar en el videoclub, y cuando terminé con ellas me pasé a cosas bastante más fuertes como lo son las cintas gore, splatter y otras que no sé ni qué apellido darles pero que incluían imágenes de ejecuciones reales o matanzas grabadas en vivo por cadenas televisivas –digamos, producto de encontrarse cubriendo alguna guerra- y que éstas, dada su crudeza, no se atrevían a transmitir al aire.

Un día coincidió que en aquella época universitaria se me encargara un trabajo de investigación a entregar en seis meses y enseguida decidí el tema: Asesinos en Serie y fue así como acabé desayunando con Ted Bundy, comiendo con Ed Kemper y cenando con Ed Gein. Los sábados por la noche las cervezas eran en compañía de John Wayne Gacy y los domingos por la tarde, sin duda la hora más melancólica de la semana, el turno era para el viejo Jack, quien no hacía sino hablar de lo cargada que es la niebla en Londres y de lo triste que lo ponían sus calles angostas, tan parecidas al costillar de un carnero… Sería muy injusto negar que me la pasé bomba al principio de la investigación y lo mucho que gozaba con la obsesión que despertó en mí, dotada de un ímpetu que hasta Clarice Starling habría envidiado. Fue tremendamente apasionante el tratar de meterme en la cabeza de estos bizarros personajes, medir sus movimientos, mirarles, lo más que pudiese, los ojos que tenían detrás de los ojos, escuchar las pequeñas voces, de liliputenses o de hormigas, que les llegaban mientras comían la sopa frente a la TV o atendían al cliente en la oficina de banco en que trabajaban, como cualquier mortal.

El proceso fue incluso divertido y me hacía un montón de gracia que amigos y parientes me viesen de lo más raro cuando les hablaba de mi proyecto.  Hasta que empecé a tener sueños raros, sueños que con el paso de los días se transformaron en las peores pesadillas –y los que me conocen saben que soy un hombre de pesadillas tremebundas- que he tenido en la vida. Pesadillas que me hacían despertar gritando y con los tendones endurecidos y con gotas frías como de mercurio deslizándose por mi columna. Yo esperaba que con los días los malos sueños se fueren disipando, que a fuerza de la constante racionalización que hacía de ellos no tuvieren otra opción que desaparecer o volver a las sombras, pero lo cierto es que empeoraron como la salud habitantes de la Casa de Usher, brindándome vez con vez imágenes más terribles, al punto de que llegué a sentirme un adolescente víctima de Freddy Krueger que no halla peor condena que el cerrar los párpados y dormir. 

Y justo cuando pensé en que las cosas habían ido muy lejos y que quizá era momento de pedir ayuda antes de que el insomnio o las pesadillas me enloquecieran, entregué finalmente mi trabajo de seis meses y con ello mis problemas llegaron a su fin como por arte de magia. Dormí como un bebé esa noche, y la siguiente, y la siguiente… Confieso que había olvidado eso, todo aquel particular episodio de mi vida prácticamente por completo hasta la semana pasada, cuando luego de reflexionarlo detenidamente me decidí a ver el primer episodio de Dexter, serie de televisión que pretende retratar la vida de un asesino en serie que mata, curiosamente, a otros asesinos.

Y así fue que recordé que hubo una ocasión en mi vida en que los temas macabros me fueron sumamente atrayentes. E incluso me vinieron a la mente pequeños, ínfimos y aparentemente insignificantes detalles, como el que la canción que a continuación podrán escuchar –y ver- era la que oía en su auto una de las víctimas de David Berkowitz, mejor conocido como El Hijo de Sam, justo antes de que una bala lo rompiera.

Lo cito como un ejemplo de las ironías de la vida, creo yo. Ironías que espero que sean la fórmula adecuada para alejar de mí aquellos sueños que alguna vez observé de tan cerca que pude respirarlos, percibir su olor a grito, su podredumbre. Sueños gestados en el fondo de la oscuridad, dotados de un color indefinible, un color que pudiera ser un no color o un anti-color. El mal.    

Espejismo

Miercoles, Julio 30th, 2008

Las últimas semanas se han hallado nutridas por algunos de los días más bizarros de mi vida. Durante ese tiempo y en momentos particulares, de aroma enrarecido, como diría el poeta morfinómano Armando Palencia, me vi rodeado por experiencias de lo más extrañas, entre ellas el haberla hecho de extra (o figurante o Komparse) en una película para la televisión alemana que versa sobre la caída del Muro y luego, apenas una semana después de gritar “Tor auf” y “Reisefreiheit” junto con otros quinientos supuestos Ossis (varios ellos dotados de auténticos y abominables –o exquisitos, porque pasan por un grave proceso de extinción- mullets) y de portar un terrible vestuario –mocasines y pantalones de tubo incluidos- que me recordó la pinta que debía llevar al salir de las tardeadas del New’s Toreo, el ser nuevamente invitado a trabajar por una empresa teutona. Esta vez sin embargo la cuestión fue bastante más seria, pues hube de exhibir mis barbas antes las cámaras de una cadena televisiva y allí, con la Puerta de Brandemburgo de fondo, dar mi opinión sobre las expectativas que se tendrían en materia de relaciones exteriores en caso de que Obama quedase como el próximo presidente de los Estados Unidos.

Ya no me queda ninguna duda. Soy, lo sé, lo acepto, un “Milusos”. Uno perdido –o encontrándose- en Berlín.

Pero mejor eso, creo, mejor la actividad, cualquiera que ésta sea, y las distracciones, y el desayunarme cinco horas de clases de alemán todos los días, y el pensar una novela que no se ha continuado escribiendo, y el añorar aquellas mañanas en que la novela se escribía por sí sola, como en un episodio de Harry Potter o de Odisea Burbujas o del programa o cuento o historieta para niños de mierda que sea. Mejor eso y el darle cuerda a la cabeza con las rubias que cruzan muy monas con sus bicicletas y sus faldas vaporosas, y el escribir e-mails que nunca serán respondidos, y el mirar fotos de otros e imaginar las historias que pasan por sus mentes.

Sí, mejor eso que dejarse llevar por el calor de Berlín, ese calor caprichoso que viene y va pero que cuando se asoma se mete hasta el centro de la cabeza por los oídos, mordiendo todo a su paso, arrancando células y pelo y neuronas; un calor que cuando se aparece, cuando se digna a llegar a dentelladas y arañazos lo deja a uno completamente atolondrado y algo triste, y también enfadado con la vida o al menos con lo que ese día de calor la vida da la impresión de ser.    

Es entonces, en estos pocos días que tienen lugar cada año, cuando uno no debe, y por ningún motivo, dejarse llevar por el calor de Berlín. De lo contrario se corre el riesgo de querer salir a la calle y cortar con calma, como si fuese una barra de salami, el cuello de un árabe mientras que con la otra mano se sostiene un libro de Camus.

Gracias, Dios, gracias por el milusismo.

Herrn Simpson

Viernes, Julio 25th, 2008

Por tu culpa otra vez llegué tarde a la comida de letras, de estas letras que muchas veces son tontas y pretenciosas, y que en otras, las menos, se rebelan y adquieren destellos mínimos de brillantez, como si se tratase de estrellas moribundas… las palabras, al final, son luciérnagas tragadas por sapos.

Y también a causa tuya tengo el descaro de irme tan pronto como llegué. Ni siquiera poseo el tiempo o la paciencia de despedirme o al menos de no hacerlo del todo, lo cual sería incluso más elegante o adecuado. Me quedo en medio, indefinido, congelado para mi pesar en un limbo de idiotez y no de locura.

Y todo es tu culpa, señor Simpson. Tu llegada a Berlín desbarató mis horarios y rutinas. En nuestro encuentro bebí demasiadas cervezas y fumé, como tú, demasiados cigarrillos y, lo más raro, y lo comento por si no te diste cuenta, me tragué mi usual timidez y me atreví a gritarte y pedirte canciones (por primera vez en mi vida) como un vil fan, casi como una colegiala actuaría frente a su a boy band favorita, y no contento con ello me animé a cantar contigo un par de líneas de tus canciones aunque, eso sí, sin acercarme siquiera un poco a aquellos gritos tuyos que parecen salidos del infierno que hay detrás del infierno. Rodeado de alemanes, fui el único que brincó siquiera a medias, como un conejo cojo, y por un momento sentí o pensé que era el único al que el corazón le corneaba le garganta.

Pero no lloré cabronazo. Ni lo pienses. Aunque si hubieses tocado la siguiente canción te confieso que sinceramente no habría sabido qué hacer.

Me la debes…

Stayin’ Alive

Miercoles, Julio 16th, 2008

Sí, lo sé. Soy plenamente consciente de que prometí que me aparecería aquí cada semana. Lamentablemente, se me atravesaron un concierto de los Magnetic Fields y otro de Radiohead, y con ellos la visita de amigos a los que nunca he dejado de echar de menos. Ojalá y hubiera fórmulas para eso, para no extrañar, para no quedarse con el corazón dando vueltas de licuadora cada vez que aquellos a quienes uno quiere tanto dicen adiós con los ojos brillantes y temblorosos. Esta vez –porque siempre busco un método distinto- opté por poner mi cara de escoba maltratada y mirar a ese cielo de Berlín que más bien parece un suelo, un suelo de madera negra astillada y percudida, y morderme la lengua y el alma para evitar la caída de una sola lágrima. No hay nada menos elegante que llorar mientras se brinda un hasta luego. Si se llora que sea por dentro. Lo otro, el berreo descarado, debiera limitarse las madres que persignan a los hijos que parten a la guerra o al extranjero, que siempre es como ir hacia una pequeña guerra, una que se pelea con otras armas.

 

Ayer curiosamente, y mientras meditaba en las despedidas y en las guerras y en las armas, y también en la imperdonable ausencia de Pyramid Song en el concierto de los de Oxford, recordé más bien una bienvenida: la de mi primo J. a la ciudad de México. En realidad se trató de una fiesta en extremo particular ya que él era el único invitado a un festejo que celebraba su propia llegada, festejo que tuvo una ínfima duración de cuatro minutos con cuarenta y cinco segundos exactos en los que las bocinas de su coche, un Volkswagen rojo en el que J. aprendió a manejar y sobre cuyo parabrisas dejó alguna vez estampada la nariz, retumbaron con todo el voltaje del que eran capaces. Me lo imagino perfectamente allí, en medio del Periférico y sacudiendo de un lado a otro aquella cabeza a la que todavía cubría una melena envidiable y esponjada, e incluso podría jurar que manoteaba cada platillazo y tarola sobre el volante y que no había alto en el que no quitase el pie del acelerador para emular el bombo. Luego de vivir por varios años en un lugar al que yo todavía califico de lado B de Comala y que se halla situado donde los Altos de Chiapas ya son más bien bajos o medios, J. volvía a la Ciudad de México con Stayin’ Alive de los Bee Gees sonando nada más cruzar la última caseta. De acuerdo con lo que relató después, y también ahora, pues a la fecha gusta de contar la anécdota, este pequeño momento fue una clara señal, casi un mandamiento, de que nunca, por ningún motivo debía bajar la guardia ante los temibles aires grises y secos del D.F. so peligro de acabar entre sus fauces para luego ser vomitado marchito, con cara de escoba maltratada, de despedida, de madre que olvidó persignar a su hijo antes de que éste marchase a la guerra.

 

Al final J., por azares de la vida, volvió a su Comala querida pero, y ello me consta, sobrevivió al D.F. como los grandes durante todo el tiempo que permaneció allí. Supongo que su historia, en sí la continua relación que ha establecido con su Chiapas y el D.F. es como la de un falsete que “se pasa y se da la vuelta”, que va de allí para acá, que sin embargo se mueve.

 

Para J. entonces este pedazo de humor que me recordó su pequeña y peculiar bienvenida al D.F. y  sus sabios consejos para sobrevivirlo.

 

 

 

 

 

El Fin del Mundo

Miercoles, Julio 2nd, 2008

El lunes pasado volví a soñar con el fin del mundo. Como siempre que me pasa, miré cómo nuestras civilizaciones eran cubiertas por la manta inmensa de los océanos. Esta vez, sin embargo, ocurría algo diferente: Concluido el cataclismo, que en tiempo onírico sucedía apenas en un par de horas o menos, observaba desde las alturas, creo que desde una antena o un rascacielos altísimo y en compañía de una mujer cuyo rostro no recuerdo, a Roma o a una urbe parecida a Roma inundada por completo, aunque extrañamente –y esto me inquietaba, o más bien me maravillaba- sumida en la más apacible de las calmas, entregada por completo a la mortal humedad de su destino. El agua era tan limpia como la de un acuario cuidado con esmero, lo que me permitía divisar con toda claridad el crucigrama de calles y edificios que comprendían a la ciudad, entre ellos la inconfundible cúpula de la Catedral de San Pedro y otras obras arquitectónicas de dimensiones considerables a las que en el sueño incluso identificaba con nombres pero que posiblemente nunca han existido.

Entonces algo llamaba mi atención: entre las avenidas y las casas, al lado de parques, terrenos baldíos y edificaciones, o más bien, debajo de todo ello –digamos que el efecto del agua, un agua extraña, sin duda, permitía mirar no solamente el suelo, sino también lo que había debajo de él-, se hallaban infinidad de estructuras circulares que se apreciaban tan sólidas como un búnker, una suerte de hormigueros gigantescos y redondos que se multiplicaban por cientos o miles. A mí, recuerdo, me parecían chinches clavadas en aquella especie de mapa que veía como metido en una pecera, chinches grises o negras que contrastaban con las tonalidades pastel del resto de la cartografía, lo que terminó por producirme una curiosidad desmedida que me obligó a voltear la cabeza hasta mirar los ojos imposibles de mi compañera sin cara –la única seguridad que poseo es que era rubia- y finalmente preguntarle, no sin cierto nerviosismo, qué demonios era eso. “Allí solamente hay cuerpos. Los cadáveres o los restos de los cadáveres de todos los enemigos de la Iglesia Católica que ésta asesinó en secreto a lo largo de los siglos, con el paso de la historia. Son millones… y a mí también me asusta”.

Desperté, no sudando pero sí con una inquietud incómoda prendada a mis talones. Y la sensación permaneció incluso después del segundo café de la mañana siguiente, con lo que me vi forzado a contarle a Federico sobre el sueño y luego solicitarle, en caso de que la tuviese, una posible interpretación. “Interpretación una mierda”, me contestó, “si para constatar lo que soñaste basta con buscar en algunos libros. Lo que sí, si fuese tú dejaría de escribir la novelita ésa que estás escribiendo y que tanto tiempo valioso te quita, y llenaría de paja, de muchísima paja el relato que hay detrás de tu sueño, así, como si una bola de pegamento puro entrase en un establo, y el resultado final sería un best seller del tipo de Código Da Vinci”.

En aquel momento me reí pero por la noche y ya con la cabeza en la almohada, especulando sobre cuál sería la próxima vez que soñaría con el fin del mundo y cómo es que éste tendría lugar –tal imaginativa onírica me persigue desde los diez años de edad- pensé que quizá en el fondo Federico tenía algo de razón. Y también que la próxima vez, si es que aparece, me gustaría mirar el rostro de la mujer que me habla. Y que a veces soñar es como perderse bajo las faldas de la nada y poder espiarle, siquiera por un segundo, sus misteriosas, misteriosísimas bragas.

Y luego me quedé dormido.

   

New’s Divine o Un Viernes en la Ciudad de los Sacrificios

Miercoles, Junio 25th, 2008

Hoy pienso en mi ciudad, en una de mis ciudades, y sin mirarla la miro más gris que nunca. Tiembla y no es por frío, y en su ruido constante lo único que prevalece es el silencio.
Tales cosas sólo suceden en mi ciudad, en una de mis ciudades, cuando tiene miedo, en aquellos calurosos días lavados en los que el dios del sol y de la sangre se asoma, no como si volviera, sino como si en realidad jamás se hubiese ido.
Yo soy de los que piensa lo segundo y por eso también tiemblo y me estremezco y soy gris y ensamblo silencios en medio del ruido.

Fueron -lo he leído, lo he escuchado- doce cuerpos, algunos pequeños como lágrimas, los que cayeron desmoronados sobre el pavimento. Tras el olor a tabaco y a cerveza barata, e incluso en unos casos por sobre el aroma a uniforme transpirado y el tufo negro y profundo de la muerte, se percibía el inconfundible aliento del horror, aquel tan parecido al del olvido.
Ya se sabe: En mi ciudad, en una de mis ciudades -y que de algo sirva la memoria-, siempre existirán tardes aptas para los sacrificios.
Lo siguiente será devorarse a sí misma.

La Generala Prusiana

Miercoles, Junio 18th, 2008

No vi el cadáver de la tía Pachi por la simple razón de que no asistí a su sepelio. No recuerdo si se me cruzó un día de exámenes en la escuela, si mi madre prefirió ahorrarme una pena pequeña o si fui yo quien desistió la idea de pararse de puntas frente a una caja negra para atestiguar que lo que fue ya no era. Lo que sí me viene a la memoria es que al enterarme de su deceso, acaecido por causas naturales, la imaginé metida en un féretro mucho más grande de lo normal, uno de madera ancha y lijada en donde cabrían al menos tres personas delgadas o dos cuerpos de complexión normal pero cubiertos de varios abrigos de pieles.

Quizá la tía Pachi en realidad no era tan grande como la habían clasificado mis ojos de niño y para quienes se trataba de una auténtica giganta de espaldas anchas, quijada cuadrada y piernas de levantador de pesas, aunque no albergo ninguna duda de que era mucho más alta y fuerte que la media de las mujeres mexicanas. También es seguro que fue de su boca que escuché por primera vez la palabra “Alemania”, pues la tía Pachi, quien en realidad era mi tía abuela, vivió al menos durante veinte años en alguna ciudad germana cuyo nombre hasta ahora nadie me ha aclarado. De hecho creo que ni mi abuela ni ninguna de sus hermanas, quizá por la desmemoria propia de la edad o simplemente porque nunca les importó demasiado, saben siquiera si se trataba de una urbe distinguida o de un pintoresco pueblito que descansaba en las faldas de alguna montaña.

En lo único que todas invariablemente coinciden es que si la tía Pachi se mudó hasta este otro lado del Océano fue porque se casó con un alemán que, como todos en esa época, se llamaba Fritz –quien debió de ser un teutón de dimensiones monstruosas, pues dicen que ella le llegaba apenas a la altura del pecho-, y que por alguna extraña razón trabajó como enfermera durante la Segunda Guerra Mundial, atendiendo a jóvenes que hacían caso omiso del pedazo de brazo que acababan de perder cuando escuchaban su exótico e indescifrable acento. También se sabe que, contrario a toda lógica de pureza étnica típica de la época, la tía Pachi se cruzó en algún momento con Hitler y éste le tendió la mano. Su mirada me dio miedo, era como de acero, creo que la escuché comentar alguna vez y a mí me vinieron a la mente los ojos apagados y grises de los peces muertos.

Supe eso de la tía Pachi y poco más, quizá sólo el que nunca tuvo hijos y que había vuelto a México desde hace muchos años, quizá dos o tres luego de que concluyese la Guerra. Según me enteré después, evitaba al máximo hablar de un pasado que a todas luces la continuaba hiriendo y que invariablemente la sumergía en unas lágrimas copiosas y muy blancas, lágrimas difíciles de controlar y en las que se combinaban elementos que por sí solos conformarían dolores absolutos y por tanto llorables: el horror presenciado en la guerra, la inquietud existencial propia de los que nacieron desterrados y no pertenecen a ningún sitio, el amor perdido primero en las trincheras y luego en la locura… todo ello ha de reposar en un diario nunca escrito que, quizá como ella quiso, se encuentra irremisiblemente condenado al olvido, a esa nada de hierro y viento frío que conforme pasan los años conocemos mejor aquellos que vivimos en este país al que la tía Pachi jamás volvió, pero al que añoró hasta el final sin nunca demostrarlo demasiado, con sobriedad absoluta, digna de insobornable generala prusiana.